Escritoras para el Nuevo Milenio XXVIII

La versión de Eva Blondie

Fragmento de novela
Por: Beatriz Russo

Invierno. Madrugada. Casa. Cama
A Eva Blondie el invierno le entra por el oído. En invierno comienzan a emerger todos aquellos sonidos aletargados el resto del año. El sonido del agua sobre la verja de su jardín no suena del mismo modo que el agua que se derrama de las jardineras del piso de arriba en las noches de verano. Hay algo especial en los sonidos del invierno. Como si la frecuencia de emisión alterara
la composición química de su cuerpo. Una sensación de piel frágil y tímida, quizás buscando el roce esporádico y casual.
Por eso Eva Blondie hoy se ha despertado con la lluvia. La madrugada siempre le ha transmitido una sensación de soledad. Pero Eva Blondie está por encima de la nostalgia. Quizás en otra época habría añorado despertarse junto a alguien, abrazarlo y hacer el amor. Sin embargo, ya hace mucho tiempo que dejó de creer en estas cosas. Los Reyes Magos no existen y no pasa nada. A Eva Blondie alguien le dijo un día que tampoco existen los príncipes azules.
Pero hoy es diferente. Eva Blondie no siente nostalgia de ese príncipe azul. Le ocurre que se ha despertado con el sonido del agua y por primera vez desde el último invierno ha aborrecido su dildo. Cambiarlo sería una solución si no fuera porque lo que Eva Blondie necesita es que alguien la folle. No, Eva Blondie no necesita ningún rostro contemplativo junto a ella que la mire
mientras duerme. Eso ya pasó. Ahora necesita que su dildo cobre vida, que deje de ser una polla inanimada y pare de obedecerla. Eva Blondie no tenía que haberse despertado hoy con este pensamiento. No, hoy no.
A Eva Blondie el invierno le ha entrado por el oído y el agua, el sonido del agua, le recuerda al sonido del vino agudizado con el toque de las dos copas chocando ligeramente como dos cuerpos que se desean con la euforia de un brindis. Eva Blondie desea ese brindis sobre su sexo. El “chinchín” entre dos sexos – se dice bromeando. El juego del dedo índice recorriendo el borde
de la copa lentamente, con la lentitud de quien empieza a acariciar los labios de una vagina y después va descendiendo hacia el interior de la copa donde el vino va tiñendo su dedo. Y después el dedo sobreexcitado busca los labios del rostro y los penetra lentamente y apretados. Y así lo desea Eva Blondie
ahora que llueve.
Eva Blondie no tiene una copa de vino a mano, sólo medio vaso de leche sobre la mesilla de noche. Es tan blanca como su vagina cuando canta y ríe. Introduce su dedo índice en el medio vaso de leche y comienza a simular que recorre el borde de una copa de vino sobre los labios deshidratados de su sexo. Va rodeando sigilosamente toda la circunferencia como si quisiera que no se borrara el círculo. Repasa el trazo una y otra vez y los labios cada vez son más carnosos y más húmedos, como si alguien le llorara encima. A veces hace el amago de descender por la copa de su vagina. Otras, llega hasta el fondo de la copa oscura y moja su dedo índice. Sabe a leche gelatinosa, pero le gusta. Tan solo le gusta y la excitación va y viene, como si su cuerpo
entrara en cortocircuito. Quiere más. Eva siempre quiere más, especialmente en la madrugadas lluviosas en que se despierta y ve que no hay nadie junto a ella, alguien que la folle. Eva Blondie quiere más, agarra su dildo, lo introduce en el medio vaso de leche y reinicia el juego de recorrer el borde de la copa de su vagina. Pero Eva Blondie quiere aún más y desea que el dildo, su dulce y obediente dildo sea una polla subversiva y la desobedezca. Y desea también que esa polla subversiva tenga una mano peluda y poderosa que le tape la boca mientras la folla con un brindis resistente, con el brindis de quien no teme romper ningún cristal y si se rompe, que corte y sangre. Eva Blondie siente esa mano peluda y poderosa ahogando su respiración y desea también que esa polla subversiva y esa mano peluda y poderosa tengan otra mano aún más poderosa que le apriete el culo mientras la folla, como si el mundo se le fuera de las manos y quisiera agarrarlo y destruirlo con una sola mano rugosa y quizás sucia y grasienta. Eva Blondie se imagina entonces que esa polla subversiva, esa mano peluda y poderosa y esa otra mano aún más poderosa y destructiva pertenecen a un cuerpo seboso y también peludo, flácido y blanquecino que se mueve ondeando sus lorzas de un modo irreverente, derramando un sudor que le ensucia la fina piel de sus pechos.
Entonces, Eva Blondie busca desesperadamente el norte de ese cuerpo y llega hasta un rostro con una boca abierta y una lengua gelatinosa desmayada sobre los labios. Asciende un poco más y ve sus ojos. Son negros y desorbitados. Parecen no mirarla. Parecen no percibir que se están follando a Eva Blondie. Ese cuerpo seboso, peludo, flácido y blanquecino que se mueve ondeando las lorzas como un mantel al que se le sacuden las migas del almuerzo, ese cuerpo que tiene dos manos también peludas y poderosas y una polla subversiva no sabe que se está follando a Eva Blondie. Ese cuerpo desconsiderado y lleno de ímpetu y semen sólo quiere follarse a ese coño
depilado que huele a leche gelatinosa. Eva Blondie siente asco, casi roza el vómito y sin embargo, su excitación es irreflexiva y le hace suplicarle que no pare, que le gusta que la folle un tipo tan asqueroso como él. Él la mira y le da un bofetón y le dice que a él que coño le importa lo que dice y empuja con más ímpetu. Eva le suplica que no pare y él va más deprisa. Quizás la copa
de su vagina se esté resquebrajando. A ella no le importa, y menos aún a él, que no sabe que se está follando al coño de Eva Blondie. Eva grita con fuerza un nombre inventado, quizás Manolo, y le pide que no pare, que no pare ni un segundo de empujar ahora que ya casi va a vomitar de placer y asco. Y se produce ese vómito de su vagina y el dildo sale disparado y se estrella contra
el cristal de la ventana al tiempo que Eva coge el vaso de leche y lo derrama sobre su vagina. El cuerpo seboso, peludo y blanquecino se ha esfumado y con él su asco. Aún puede dormir una hora antes de levantarse.



Beatriz Russo nace en Madrid en 1971. Poeta y narradora desde que viviera un encierro de varios años, sus años luminosos, y descubriera que para ser poeta no hay que morir. En 2004 publica su primer poemario En la salud y en la enfermedad (Sial), a partir del cual, no cesa en el empeño de encontrar su propia voz, hallada en La prisión delicada (Calambur, 2007). Su obra aparece en diversas antologías. Como narradora ha obtenido un premio de novela erótica con La versión de Eva Blondie, al que decidió renunciar. Su segunda novela, La montaña rusa, será publicada en breve. Su obra ha sido divulgada en México, Ecuador, Colombia, Italia y España.


Muy pronto Beatriz tendrá su Trenza

Escritoras para el Nuevo Milenio XXVII

DESDE LA MILPA

Por: Blanca Toledo Minutti
Si pudiera llenar mi cabeza de recuerdos. Saturarme del todo de pensamientos, en lugar de sentir escalofríos y temor por ese sol que indeciso en ponerse me hace mas larga la espera. Tal vez podría conservar una esperanza antes de partir...podría aferrarme a mis recuerdos más antiguos y así ir envejeciendo con ellos; pero no puedo pensar en nada, no tengo memoria...tal vez, si pudiera traer una frase, una idea y así.
“Los hombres cuando pelean parecen animales” Eso me lo dijo una vez mi abuela siendo yo aún niño, mientras desgranaba el maíz y yo la miraba a la altura de su codo sin comprenderla; parecía molesta, como si deseara que entendiera su reproche, como si aquella actitud del hombre le desagradara, sin embargo, ella disfrutaba de las peleas de perros que se organizaban clandestinamente en el patio trasero del rancho “La Patera” donde mi abuelo trabajó como encargado por más de quince años.
Los sábados llegaban camionetas de los ranchos y pueblos vecinos repletos con apostadores y por supuesto de animales fieros...A mi no me lo parecían tanto cuando los miraba finalmente detrás del corral o los graneros; abandonados en las camionetas a medio desangrar, con la muerte escapándosele por los ojos apagados, bajo el rayo del sol y sin un amo que acariciara su cuerpo herido.
La sangre les coloreaba los lomos blancos como manchones de pintura; del tono igual que utilizábamos en el primer grado de la escuela para nuestros trabajos...
De la escuela recuerdo muy poco. Fue ahí donde pretendí ser un hombre y donde luego luego me rompieron la boca. Recuerdo las trenzas de Juana que me picaban la nariz cuando ella se arrodilló y clavó sus frágiles y blancas manitas en mis hombros intentando levantarme. Era tan pálida,...nunca aprendí a decir cosas bonitas, pero me parecía una pequeña mariposa de frágiles alitas que, de haberse posado sobre mi palma extendida, yo habría tenido que aguantar la respiración para no destruirla con el soplo de mi aliento.Juana se sonrojó cuando le dije que había peleado por ella, porque no creía que una niña tan linda pudiera ser novia de Pedro, un sonso bravucón, pero cobarde, que tuvo que buscar la presencia de sus amigos para enfrentarme, siendo que yo tenía 11 años y él ya pasaba de los 13.
Ella no dijo nada, solo me dio un beso apretado en los labios y echó a correr. A mi me pareció gracioso entonces, pero con los años se me encendió la piel, se me grabó la picazón de sus trenzas y su olor se me metió en los poros hasta convertirse en parte de mi.
Que escalofrío siento, el sol se ha empeñado en hacerme la maldad. ¿Tu también en contra mía?.
La escuela estaba muy lejos del rancho. Había que atravesar un largo trecho a pie de un camino mal trazado de piedras y polvo hasta la carretera federal donde pasaban los camiones rumbo a San Martín Texmelucan. Eso si iba hacia la derecha, porque del lado contrario se dirigían a Cholula. “La Patera” estaba exactamente en el kilómetro 68 de la carretera federal para el estado de Puebla. La primaria mas cercana se encontraba en el poblado de San Gerónimo, para la secundaria habría que ir a Huejotzingo. Todo eso rumbo a San Martín.
Mi abuelo comenzó a molestarse de mis largas ausencias y exigía que dejara todo eso que no servía para nada.
-A ver, cree que yo soy léido, eso no sirve pa´nada, aquí es donde se aprende, en el campo, en la ordeña. Las capitales no le van a salvar una vaca aventada...no, no, usté se queda ya aquí y se me olvida de mariconerías, porque eso le va a pasar si cambia machetes y palos por los libros y los lápices...mire nomás, solo eso nos faltaba, que además este nos saliera rarito, ahí hablando con propiedá pa´que la gente me acabara de una buena vez-
Yo no quería dejar la escuela, pero en esa casa no se cuestionaba los mandatos del abuelo. No sé por qué mi madre no decía nada, secretamente me apoyaba, pero eso no me servía de nada.
Así continuó la escuela para los demás. Juana y Pedro siguieron estudiando, al menos Pedro dos años más. Para mí vino la cosecha, la crianza de las nuevas reses y la sumisión ante los actuales dueños que como a mi abuelo, no se les podía cuestionar un mandato; y entonces era él quien bajaba la cabeza apretando con ambas manos el sombrero en el pecho, de pura impotencia.
-En veces hay que doblar el lomo para que aiga de comer- me decía mi madre que no tuvo otra educación que la que se le dio en la casa.
Pero mi Juana bonita no tuvo al menos que soportar eso. De Huejotzingo se fue para San Martín y logró su certificado de maestra.
...Así como los perros pelean por dominar, los hombres tenemos además otro tipo de lucha, el conquistar, el ser el adecuado para la hembra en cuestión. Eso lo sabe cualquiera, es la ley del mas fuerte, no se necesita tener mucha escuela ni mucha cabeza, como yo entonces, que solo necesitaba saber la hora previa a la salida del sol para el comienzo de las labores y la hora en que se metía para salir corriendo y pillar a Juana en los últimos minutos de su clase “Educación para adultos del INEA” donde se había ofrecido como voluntaria.
Era como una especie de juego. Ella se daba cuenta de que la observaba desde la ventana; pero no era hasta finalizar la clase que sus ojos negros se clavaban en los míos. Ya no era la chiquilla que trató de reanimarme del suelo, años atrás. El suéter le sustentaba diminutos senos y la falda enmarcaba una cadera no mas afortunada, pero yo ardía de solo mirarla. En la boca me había dejado una braza que Mayo estaba poniendo al rojo vivo. Sentía el calor subirme poco a poco desde las horas interminables en el campo y venirse todas a conjuntar en los labios hinchados de tanto ardor. Juana era la única que con sus besos podría apagar lo que había prendido...Pero nunca me quedé a averiguarlo, era tan poca cosa al lado de ella; sucio, maloliente por la faena, las manos duras, ajadas por las astillas de esas herramientas rudimentarias y mi piel carcomida por el sol. No, de haberme quedado alguna vez, no...
Estoy pensando que no eres mi enemigo. Me estas haciendo compañía en estas horas de angustiosa soledad, pero mientras no te vayas ella no podrá llegar.
Mi madre y yo éramos extraños en nuestra propia casa, al menos yo nunca sentí que fuera mía. Mi abuelo cada vez más me miraba con recelo. Nunca me habló de hombre a hombre. Jamás supe que hacer con los nudos que se formaban en mi estómago cuando Juana fingía no verme y detenía esa especie de rezo 3 x 7 = 21...3 x 8 =...
Después de asearme entraba en la casa y caminaba de un lado a otro. Me acercaba a mi madre y sé que ella deseaba ayudarme, porque apretaba un poco los labios y el bordado lo iba bajando a su regazo y...no decía nada. Tampoco yo.
En el patio pasaba interminables horas hasta que se me enfriaba el cuerpo, el aire despejaba mi cabeza, lograba que las avispas que se me emplastaban en el cuero se fueran revoloteando y dejaran en paz mi corazón apretado...Ojalá se posaran en el corazón de Juana, solía pensar.
Y qué ironía. Mientras yo me asfixiaba por no encontrar la voluntad que me arrastrara a la casa de Juana, Pedro en cambio si la encontraba, pero a la mala.
La embarazó y se largó del pueblo así como hizo mi padre, que hasta entonces creí un santo.
El niñito de Juana se murió a las horas de haber nacido. Estaba todo hinchado y no quería comer nada. Juana le pasaba la mano por el pecho o la espalda y se le amontonaban borbotones de sangre por la nariz y la boca. Lo sé porque yo fui a ver a Juana; sus ojitos negros se llenaron de lágrimas de pura vergüenza. Y entonces supe que hacer, quería pasar el resto de mi vida a su lado.
Ella se llenó de un llanto bajito, era como uno aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que le decía que la amaba y entonces se iba soltando de esos pesares pero respondía que no...Juana no quiso, no quiso nunca, pero yo no iba a permitirle a nadie que la tratara como una expatriada, del mismo modo que se me trató a mí. De niños ella sacó fuerzas de su debilidad para ayudarme; de hombre mi deber sería protegerla
-No Juana, el callar no me ha hecho nada bien, tú te vas conmigo y así se hará-
Mi madre adivinó mis pensamientos. Ya no deambulé por la casa buscando respuestas, las largas horas en el patio habían por fin terminado. Me encontraba tranquilo, en paz y ella lo respetó así. Mi abuelo vociferó, insultó la parte de sangre que tenía en las venas del mal nacido de mi padre, luego maldijo la que le correspondía a él. Pero ahí no iba a parar la cosa. Los insultos no le despejaban los odios añejados y se me fue encima. Yo no intenté defenderme, ni siquiera metí las manos. Mi abuelo estaba en su derecho y yo le respetaba; pero mi madre ya no. Se interpuso entre los dos, los puños bajos bien apretados y los ojos crispados en los de mi abuelo que lentamente se llenaron de lágrimas cuando intentó golpearla “Otra...vez...no” Le dijo ella con los dientes apretados, dificultando la salida de su dolor. “¿No cree... que en todos estos años...ya se lo he pagado...suficiente?”
Me casé en medio de murmuraciones y burlas. Juana se apretaba a mi paso cerrando los ojos, temblorosa y débil. Luego abandonamos ese pueblo y nos dirigimos hacia las afueras de San Martín, ahí teníamos dos alternativas: San Baltazar o Moyotzingo.
Moyotzingo me pareció bueno de principio, luego comenzó a haber más pobladores y no me sentí tranquilo. Juana estuvo trabajando en la primaria, ahora ya no sólo eran las tablas, había que estudiar los antiguos presidentes y la expropiación petrolera, las cualidades de las palabras graves y las preposiciones.
Yo podía mirarla desde lejos y seguir el juego de que no me estaba viendo. Sentir el calor subírseme a la boca ya con la convicción de apagarlo después con sus besos.
Con los años me hice de unas tierritas en el Verde. Nos encontrábamos más alejados de la civilización y las cosas parecían buenas.
Tengo sed, las sombras me producen frío ¿Será que me dejas?
Nada más poniéndose el sol, aparece corriendo, su figura va surgiendo del monte como si la misma tierra la pariera. Sus trenzas van brincando en su carrera y es aquel mismo beso apretado de niños el que me deja en los labios para enrojecer, aún con tantos años de amarnos...porque parece que ella no lo sabe todavía, pero me quiere.
¿Te vas sol ahora que comenzaba a acostumbrarme a tu presencia? ¿Me piensas ya causa perdida? ¡O mejor aún...está llegando a buscarme!
Después de la merienda me enseña sus libros. Me lee, sumamos y hablamos de las capitales de países lejanos...me explica, por ejemplo, que los verbos no terminan indistintamente en “s” como “oistes, corristes y me mirastes” que el “ahoy” es simplemente hoy y que el nomás no existe...pero nunca me dice por qué la palidez de su rostro aún estando sonrojado.
“Los hombres cuando pelean parecen animales” Sí abuela, como fieras salvajes, heridas, luchando por algo que consideran propio.
Pedro se enteró un día que Juana, a pesar de no haber podido engendrar otro hijo después de haber sido deshonrada, era feliz conmigo y ha venido a buscarme...
Me doy cuenta de la fácil presa que he sido. Desprevenido, porque antes de que el sol se ponga siempre saca la botellita de aguardiente que llevo en la bolsa trasera de mi empolvado pantalón y le doy un solo trago. Hago un buche con él para quitarme el sabor de la tierra labrada y lo paso despacio...luego recojo la hoz y sigo cortando la milpa.Y es aquí donde se juntan mis recuerdos, porque hoy no he vuelto a levantar la hoz, ya ni siquiera pude pasar el buche que tuvo de pronto ese gusto dulzón a sangre...La tierra se funde con mi piel, se me mete a la nariz y me arden los ojos...
No me arrepiento de nada, quise vivir y morir con Juana; se cumplió mi sueño y estoy en paz, pero me entristece pensar que ésta vez no sentiré cosquillas en la nariz con sus trenzas, ni su beso apretado...
Juana, Juana, no es el dolor físico lo que duele. La sangre es solo un cause más que avanza por los surcos después de abandonar mi cuerpo y empapar aún más mi camisa sudada.
Consuélate. Yo no siento nada, no experimento dolor, es como si todo se hubiera dormido, pero duele Juana, duele. Duele saber que nunca te dije lo frágil que resultaron tus manitas crispadas en mis hombros, ni la palidez de tu rostro aún estando sonrojado.
Yo nunca supe decir cosas bonitas, tu me enseñaste, porque eso era para las niñas que resultan frágiles y tímidas cuando lo dicen todo con un beso apretado en los labios...yo nunca supe decir cosas bonitas, no lo intenté, y me pareció que no era necesario; pero tú mariposita, te has posado como entonces sobre mi palma extendida, confiada en no recibir daño alguno y es mi arrítmica respiración, agonizante, la que destruirá tus alitas...
Te escucho venir, me he conservado vivo hasta entonces. Adivino tus trenzas brincando a tu paso y tu expresión al no encontrarme admirándote...silencio y luego tu correr atropellado; pero ya es tarde...para ti que no podrás alzas tu vuelo de nuevo...Sostengo el aliento diciéndote que todo irá bien. No quiero dañar tu frágil estructura...Que tarde es para mi también...Ya no necesito retenerlo.

BLANCA TOLEDO nació en Puebla, Pue., es diseñadora gráfica de profesión, aunque la escritura y las artes plásticas son su verdadera vocación. No obstante, ha destacado como diseñadora, habiendo sido becada por la prestigiada fundación Mary Street Jenkins. Desde muy joven ha participado en diversos talleres y exposiciones de arte. En 1983 obtuvo su primer premio literario gracias a un relato de ciencia ficción. Se le considera una de las más destacadas nuevas cuentistas poblanas, asimismo publica en diversas revistas de literatura y artes plásticas de ciculación nacional. Su correo electronico: salamandra1313@gmail.com

Escritoras para el Nuevo Milenio XXVI

Por si despiertas
Por: Laura Zúñiga Orta

A pausas largas y con sorbos medidos, me tomaba el jugo aquella mañana. Sentía la acidez de la naranja bañando las paredes viscosas de mi estómago, mientras miraba el mantel bordado de flores moradas que cubría la mesa. Me acuerdo. Casi en el último trago me sorprendió sentir entre los labios un grumo extraño, una bolita suave y cosquilleante que tomé con mis dedos para descubrir una mosca asfixiándose con el jugo y mi beso. Pataleaba desesperada, buscando liberarse de la presión con que la tenía atrapada, y con ganas, quizá, de no sentir la acidez de la naranja.
Hubiera podido aventarla; aventarla, asqueada, para luego pisarla y presentir el crujido de su cuerpecillo contra el suelo. Pero la puse en mi lengua, y sus alas pegadas con saliva intentaban levantarse para poner las patitas en lugar firme. La sentí crujir y desparramarse en el esmalte amarillento de mis dientes delanteros. Tenía un gusto amargo y seco, pero, también, toda la carga del anuncio. No tuve entonces sino que levantar la mirada para verte parado en la puerta. Me abalancé sobre ti, con los ojos llameantes y un beso de mosca. Una de las alas, todavía no triturada, se adhirió como plástico al esmalte verdoso de tus dientes. Lo noté cuando fingiste una sonrisa y comprendí qué ahora sí estabas aquí para quedarte.
¿Recuerdas que llegaste con una mecedora de madera? Un mueblucho ajado y lastimado de tanto trote, del que no te has levantado en mucho tiempo. Traías también un costal atiborrado de semillas de girasol, el único alimento que en lo sucesivo quisiste aceptar. Antes de reparar en el mecedor, esperaba encontrarme con otro animal que contribuyera a poblar el zoológico que llegó a ser la casa gracias a ti.
La primera vez que volviste, luego de la despedida de silencios que tuvimos, me trajiste como señal de desagravio una tortuga que tenía unos ojos iguales a los tuyos. Cabía sentada en la tapa del retrete y ahí durmió las primeras semanas, de modo que en la madrugada, cuando yo tenía ganas de orinar y salía un poco sonámbula de la cama, soltaba a veces un chisguete sobre el pobre caparazón de la infortunada. Cuando volviste por segunda vez, traías una víbora multicolor, ya sin colmillos, que se enroscaba en mi pierna dejándola marcada, y en una ocasión quiso saber qué había más allá del hueco oscuro entre mis muslos. Tú soltabas sonoras carcajadas ante la idea de verme poseída por una serpiente durante tus interminables ausencias. Otra vez me trajiste un perro. Era muy pequeño, cabía en mi bolso de mano y tenía unos ojos saltones que tuve ganas de sacarle con un cuchillo por no poder soportar su mirada en mí. Luego trajiste a la gata negra que llenó de crías el jardín, y me crispaba los nervios con su monocorde y ronco ronroneo, o me despertaba en la madrugada con sus desafueros fornicatorios. Todavía recuerdo el conejo que me regalaste; se comió en una semana todo lo que encontró de color verde en el jardín, incluida la manguera y el plato verde del perro, que por esas épocas se desinfló en una cagantina hedionda y quedó enterrado bajo la madreselva, salvándose así de convertirse en tuerto o ciego por culpa de mi mano encuchillada.
Después dejaste de venir muchos años. Imaginé que ya estarías muerto o que tus múltiples correrías te habían llevado definitivamente al lado de la persona indicada, aquella que pudiera llenar de humo los espacios que de tu vida querías olvidar, incluyendo éste. Una persona que no fuera como yo, acostumbrada a hacer la luz y dirigir la mirada precisamente a esos pedazos que no tenías ganas de tocar de nuevo, porque te llenaron de pesadumbre. Por eso, cuando no soportabas más mi persona y la clarividencia con que adivinaba tus miedos y tus anhelos verdaderos, salías buscando el humo, la nube, la sombra o la mancha necesaria en los ojos de otra ciudad, otra mujer, otro olor, otro paisaje.
Y yo entendí siempre por qué te ibas. Y entendí también por qué regresabas y por qué has regresado ahora y por qué estás tumbado en esa mecedora sin hablarme. Lo entiendo porque padezco lo mismo, pero evito luchar contra las circunstancias y prefiero permanecer quieta, esperando tus órdenes y acciones, como cuando, siendo niños, jugábamos a la guerra y tú dirigías el pelotón.
Qué diferencia con los tiempos primeros. Cuando teníamos tanto calor que a veces la cama, la mesa, la sala, el pasto o lo que fuera, ardían aparentando quemarse. Cuando el silencio no era esta barricada entre los dos; cuando el silencio era la marca evidente de nuestros sueños. Pero al poco tiempo las sombras de las que creímos haber escapado nos alcanzaron, y mientras yo reaccioné con pasividad, tú te volviste agresivo y ya sólo querías jugar a los golpes, pero ahora verdaderos, no como en los juegos de años atrás. Después te fuiste por primera vez; yo me quede esperándote. Y volviste varias veces, en contra de tu voluntad, pero movido por lo que sólo tú y yo sabemos, y con ganas de hacer locuras y ser felices otro rato. Al menos eso pensaba yo.
¿Te acuerdas cuando se te ocurrió lo del árbol? Estabas furioso, pensando que cuando tú te ibas, yo metía muchos hombres a la casa y jugaba con ellos y con los animales que me habías regalado. Lo creías a pie juntillas y jurabas, además, que el ciruelo tenía la respuesta en las hojas. No sé de dónde sacaste la idea, pero decidiste contar la lista de mis amantes en las hojas del árbol. Yo soltaba sonoras carcajadas, porque mientras tú estabas trepado en la punta arrancando las hojas, contándolas y masticándolas a veces para adivinar el olor y el carácter del supuesto amante, yo te torcía las cuentas hablando en voz alta, y el ciruelo, desesperado por cubrirse, iniciaba un nuevo brote donde acababas de herirlo. La proliferación de las hojas y tu imposibilidad para contarlas, te hicieron concluir que el número de mis amantes era infinito, sus sabores muy distintos, y la pasión que nos unía, tan exacerbada como el nacimiento de los nuevos brotes.
Ese día me dejaste dormir en el suelo, sin dirigirme la palabra, porque no supiste decir que te estabas muriendo de celos y me necesitabas. Pero yo siempre supe que gozabas la espera y paciencia de mi persona; mis abrazos de temblor de tierra y el gusto a salitre de mi sexo mojado. Así que en lo sucesivo soporté tus ausencias, presintiendo tus llegadas, atendiendo las señales (como la de la mosca) y haciendo en casa todo lo que querías verme hacer, todo por lo que habías vuelto.
Si abrieras los ojos y me pusieras atención, entenderías por qué digo que las cosas han cambiado demasiado. Al principio te dejé dormir, porque imaginé tu cansancio. Luego me llamó la atención que cogieras la mecedora para llevarla al jardín, instalándote definitivamente con la vista verde en los ojos. Buscando tu compañía, tomé el sillón de la sala y ahora estoy sentada junto a ti. Tengo la seguridad de que despiertas cuando a mí me ha vencido el sueño, por eso te escribo esta carta, platicando y recordando en papel lo que no he podido hacer de viva voz —porque no me escuchas— y poniéndote al tanto de la situación.
Ya te conté lo que pasó con el perro, así que ahora te informo que durante tu última ausencia, la más larga, los animales —todos, menos los gatos— se fueron muriendo uno por uno, como de una peste. La tortuga se puso pestilente de tanto orín, así que opté por dejarla en el pasto, cerca de la puerta. Ella comenzó entonces un caminadito lento pero decidido, siempre en una misma dirección. Le tomó seis años llegar hasta la tierra debajo de la madreselva y, cuando lo logró, esperó a que el ambiente estuviera seco y comenzó a enterrarse. Yo la veía avanzar cavando su hoyo, cuando la buscaba para darle una lechuga. Se fue construyendo una pequeña sima, lo suficientemente ancha para contenerla y, conforme pasaban los días, yo la encontraba más y más hundida. Pensé en sacarla de ahí, pero cuando lo intenté no toleré la mirada de súplica de sus ojos, así que la dejé. Una mañana sólo pude ver de ella su colita, un pedazo de cabeza y uno de caparazón. Después ya no la hallé, pero no pude ponerme a escarbar porque estaba muy ocupada tratando de sacar a la víbora de los ductos del drenaje, donde se metió cuando fue vencida por la pasión que siempre le tuvo a la oscuridad. La esperé varios días y diseñé toda clase de artilugios para alcanzarla, pero me rendí cuando supe que unos kilómetros al sur, donde había terreno baldío y estaban continuando la línea del drenaje, se encontraron con una serpiente a la que mataron a golpes. Era ella. Supongo.
Seguro no te importa, así que te cuento que maté al conejo en un arranque de furia, porque —te parecerá estúpido— me acordé de la vez que me descalabraste con el trenecito de plástico sólo porque no te quise dar helado, y me dio coraje no tenerte enfrente para reclamarte la cicatriz en mi cabeza. No sé qué me pasó, pero busqué al conejo, cuyo gusto por lo verde había cambiado de tonalidad ante la falta de alimento, le agarré las patas con ambas manos y le azoté la cabeza contra la pileta, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez hasta que me vi batida de sangre y con una papilla de conejo donde lo único reconocible aún, eran las patas que yo no había soltado. También lo enterré bajo la madreselva.
Te aviso todo esto por si despiertas y no encuentras a las bestias. Yo sé que las vas a buscar porque con nadie te sientes tan cómodo como con ellas, y hasta creo que puedes platicarles lo que a mí me niegas. Te he dicho ya cuál fue su destino, para que puedas hallarlas y tocar la tierra de la que ahora forman parte. Claro, con excepción de la víbora, (a menos que quieras recorrer todo el drenaje por si encuentras algo).
Ya trasladé la mesita de centro para acá y puse flores moradas en el jarrón que le robé a la abuela, ¿te acuerdas? Es un jarrón pequeño, de barro negro, con detalles curvos en muchos colores. Cuando éramos niños nos encantaba, porque al acercar los ojos al grabado parecía que las ondas se movían en una fiesta de serpentinas. Cuando nos corrieron de esa casa, lo envolví en una falda y me lo traje con nosotros. Tienes que acordarte porque en los primeros tiempos, cuando tú no tenías miedo, lo usábamos hasta para tomar agua. Tanto extrañábamos a la familia y tanto ha soportado ese jarrón.
Te sugiero que no seas perezoso y te levantes porque yo no puedo sola. Me he cansado ya de raspar el musgo que te ha cubierto la piel amarilla. Me he cansado de espantar a las moscas que se sientan a dormir en tu cara, como aquélla que me dio el anuncio de tu llegada. Últimamente ya no te he rasurado, no por desidia, ni porque con cada viaje del rastrillo la piel se te deshaga como pergamino, sino porque siempre pensé que lucías más guapo con la barba tupida, como la de papá en sus últimas épocas.
Se me olvidaba decirte que los gatos se fueron muriendo sin que te dieras cuenta, en el tiempo que tienes aquí. Los pobrecillos fallecieron de hambre porque dejé de alimentarlos, y están tirados por todo el jardín. Tan ocupada he estado metiéndote a la boca, una por una, las semillas de girasol que trajiste en el costal. Yo no entiendo por qué ya no quieres comer. Al principio masticabas todo el día las mentadas semillas; ya habías cerrado los ojos pero seguías despierto, porque yo te las metía a la boca y tú movías las mandíbulas. Pero hace rato que no masticas nada. Iniciaste el juego de cerrar muy fuerte la quijada, y créeme que si no estuviera tan cansada ya te hubiera abierto la boca con un desarmador o alguna otra cosa, no me importa que se te caigan los dientes. Tengo la sospecha de que cuando despiertas, justo cuando me vence el sueño, te comes otra cosa y dejas las semillas intactas sólo para asustarme, haciéndome creer que no comes. Desde chiquito fuiste remilgoso para la comida, pero esto es ya el extremo, así que por favor come algo ahora que abras los ojitos. Lo malo es que creo que ya no hay comida decente en la alacena. No he tenido tiempo ni ganas de fijarme.
La manta que traes encima está llena de mierda de paloma. Te la puse la última vez que te besé en la boca y te sentí frío como nunca. ¿Por qué no me dijiste que pasabas fríos? Tengo la intención de cambiártela por una nueva, en cuanto pueda levantarme del sillón, es que, ¿sabes?, estoy muy cansada (creo que ya lo dije), por eso te dejo esta lista de avisos; para que no seas flojo y hagas lo que te toca, como nos enseñaron.
Creo que ya no se me olvida nada y tengo ganas de dormir, espero que leas esto y cuando yo despierte no me encuentre con el desorden de estos últimos tiempos. Los gatos ya no huelen mal, así que si quieres no los entierres.
Se me olvidaba una última cosa. Por si despiertas y no tienes ganas de hacer lo que te dije ni de ver lo que te platiqué, al menos compadécete un poco de mí: ponme tú una manta y raspa el musgo de mis pies, porque tengo frío.
Tu hermanita que te ama.

Correo electrónico: felinaofendida@gmail.com






Laura Zúñiga Orta nació en Toluca, Edo. Mex, el 18 de agosto de 1982. Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la ITESM, campus Toluca y discípula destacada de la escritora Cristina Rivera Garza. Becaria del Centro Toluqueño de Escritores. Es autora de la novela No tiene nombre el paraíso (Centro Toluqueño de Escritores) y está incluida en la antología Romper el hielo, novísimas escrituras al pie del volcán (Toluca/ Bonobos/ ITESM, 2006), compilada por Cristina Rivera Garza. Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM

Escritoras para el Nuevo Milenio XXV

Dos relatos de Angélica Santa Olaya

A LAS ORILLAS DE ESTIGIA
Date cuenta ya. Nadie te va a querer con esa tristeza descamando tus talones. Los que sonríen a la luna sentados sobre el hierro no gustan del silencio que se esconde tras el humo ceniciento de un recuerdo. El día nace y duerme con los gemidos que se retuercen bajo las quebradas hojas. Servimos, ya lo ves, para poner puntos finales en otras historias y guardar los suspensivos bajo la indecisa lengua. No has querido abrir los ojos y lamer el rostro que te mira tras el vaho indecoroso de la espera. Insistes en agitar el pantano buscando un remo que no existe. Nadie ha inventado todavía el hechizo que provoque el naufragio de Caronte. Las estrellas y los chupamirtos no fueron creados para nuestros ojos. Nadie puso una moneda de oro en nuestras bocas. La muerte nos llegó con el primer aliento. Te entiendo porque he tragado los mismos guijarros a cogote abierto. Fuera de nuestras terregosas memorias no hay relámpagos que alumbren nuestras lágrimas. Tienes razón en querer esconderte de mis negras plumas. Sabes quién soy porque te conoces. Temes que roya el interior de tus mejillas y arroje el encarnado bagazo al rincón de los perros sin dueño. No puedo culparte. Yo también me arranco a veces las uñas a mordiscos y luego duermo cuarenta noches acurrucada en las corvas sudorosas de esta ciudad. No quiero ser ya la que intenta correr sobre el espinazo de la laguna. Mis pies planos no saben obedecer las señales del camino ni mis ojos leer las tablas de Moisés. Siempre tropiezo con corazones ocupados que prefieren circular por la autopista de cuota. Estoy cansada de trashumar las costras purulentas del tiempo que no muere. Harta de limpiar las secreciones del amor con las manos desolladas. Ofrezco mi sal a cambio de tu veneno. Prometo tragarlo gota a gota sin hacer gestos. Acércate. Intercambiemos el ajenjo que impregna nuestras lenguas. Sangremos en el único acto posible que humedece las cicatrices. Borremos las comas y los apóstrofes. Salgamos a exhibir las heridas con la lenta seguridad de los escarabajos que tejen hilos de mierda ayudados por la mano de Dios.

EL ZAPATO EN LA PARED
“¿Por qué existirán los lunes? Por más que una se levante temprano no hay chamba. Los clientes andan sin dinero luego de curarse la cruda el sábado y llevar a su runfla a almorzar barbacoa el domingo. Los solteros, como siempre, se pusieron una peda de tres días seguidos para no desperdiciar ni uno solo y regresar al trabajo con la ilusión de que hicieron lo que les dio su chingada gana el fin de semana. Unos cuantos eructos que apesten a chela son suficientes pa’ darse valor, pa’ agachar la cabeza sin rezongar ¿verdá que sí cabroncitos? Y a la puta que se la traguen los gusanos.”
Beatriz los mira pasar con sus miradas cansinas de gatos trasnochados. Arrastran los pies. Alentan el paso al acercarse a ella para observar sus muslos morenos que asoman con descaro bajo la minifalda roja de lycra que le costó veinte pesos con el chino Yuan. Luego, siguen su camino resignados. Otro día será.
Los más asiduos fingen molestia estirando los labios y encogiendo los hombros para indicar que no hay dinero y que “ni modo”. Algún animoso le grita: “¡Ái pa’ la próxima mi morena!”. Ella sonríe y los mira de lado, mueve la cabeza de arriba abajo con lentitud entrecerrando los ojos en señal de entendimiento al tiempo que lanza un filón de humo por la esquina izquierda de la boca.
“Según la Juana donde pongo el ojo pongo la bala. Pero los lunes, ni madres, no hay puntería. Ya son cuarto pa’ las nueve y no me he persinado. De aquí pa’l real ya me fregué. Todos quieren llegar a tiempo a la chamba. A ver si por ái de las once algún urgido se anima a un rapidín a la hora del almuerzo.”
Beatriz es grande y ancha de caderas, de buen cuerpo. Plena de turgencias, detiene a los hombres sin hablar como esos cerros que se atraviesan al paso del caminante para obligarlo a hacer un alto. No tenía ni once años cuando sintió sobre ella, por vez primera, sofocándola, el peso del deseo que provocaba en los hombres, incluyendo el de su papá.
Su piel morena reluce, como el negro charol de sus zapatos, con el sol que se unta a su figura. Las demás van llegando poco a poco a ocupar sus lugares en la avenida Circunvalación. Ahí esperan recargadas en la pared apoyando un pie en el piso y el otro en el muro para no romper la tradición. Es algo así como lo que sucede con los Reyes Magos, si no se pone el zapato debajo del árbol no hay regalos. Sólo que aquí el zapato va recargado en la pared y no hay regalos; el pan se gana con el sudor de las entrañas.
“Ahí viene la Lola. Ni trece años tiene la pinche chamaca y ya anda aquí moviendo el culo. Debería verla su madre. Ya mero y un día de estos le canto lo que anda haciendo su pollita.”
¡Eh, tú, chamaca! ¡No le busques tres pies al gato...!
La Lola sonríe burlona y recorre a Beatriz con la mirada, conciente de la ventaja que le asegura su juventud. Como si le adivinara el pensamiento Beatriz le arroja unas palabras.
Tás muy verde escuincla pa’ compararte conmigo.
Al poco rato pasa la Lola con un gandul hacia el hotel del “Roscas”. Beatriz lanza un disparo de rabia con la mirada. “Chamaca pendeja, no sabe lo que hace”, se consuela a sí misma y se conduele de Lola al mismo tiempo.
Llegan la Taconcitos y la Juana. Beatriz las saluda con la cabeza en un gesto que transita entre la camaradería y la arrogancia. Juana es flaquita pero sustanciosa. Sus nalgas son redondas y chiquitas como dos canicas. Sus pechos no son muy grandes pero tienen pezones amplios y esponjados que se revelan a través de la blusa como dos malvaviscos. Juana no usa brassier.
La Taconcitos le presume sus zapatos nuevos. Son dorados y tienen una correa ancha que envuelve el tobillo. “Ta’ bueno mi Tacones... es el único gusto que te das luego de alimentar a los chamacos”.
¡Tan chidos manita!
La pereza se adhiere a los pies y manos de los vendedores ambulantes que intentan sacudirla con un café negro y un pan dulce. Los carros se van haciendo más abundantes en la avenida. Eso es bueno, puede salir un cliente que se decida de pasadita. Se acerca un Tsuru gris. Beatriz se acomoda el escote de la blusa y con la mano derecha se esponja la melena. El carro pasa de largo. De pronto, las tripas se le anudan en el vientre. Javier aparece en Lecumberri y avanza por la avenida hacia su local balanceando los brazos con donaire.
“Ahí viene mi rey. Puntual como siempre. ¡Mírame rey, mírame! Si tú quisieras…”
Beatriz se olvida de los clientes. Su pie abandona la pared para colocarse junto al otro como si fuera una mujer más esperando un taxi. Se separa un poco del muro y coloca su bolso en el hombro derecho mientras escucha con atención sus pasos firmes sobre la acera.
“Podría arrodillarme ante ti ahora mismo delante de toda esta bola de pendejos. Solamente tienes que pedírmelo”.
Beatriz lo mira de reojo. Las ganas le brotan por los poros. Mientras su atlética figura se aproxima ella imagina, una vez más, sus bocas unidas por unas lenguas que se enroscan como dos serpientes. Él la recorre con su lengua desde la frente hasta las uñas de los pies. Luego la penetra y la mira a los ojos mientras hacen el amor.
Las pupilas soslayadas de Beatriz la traicionan revelando los orgasmos pendientes que ella riega con pensamientos y solitarias humedades. Él la mira como si en vez de mujer fuera un poste. Un muro de hielo detiene la mirada rabiosa que todos los días lo sigue como perro apaleado por el amo.
“Daría lo que fuera por verte venir hacia mí. Serías el único hombre sobre la tierra al que no le cobraría, al único que besaría en la boca. Pero no quieres estar conmigo ni pagando ni de gratis. Eso está muy claro.”
Y siente un dolor en el cuerpo. Un dolor ancho como su propio orgullo.
“Ya sé que no soy ninguna princesa, pero sí la mejor de todas las putas de por aquí. Varios me han dicho que soy bonita.”
Beatriz se sacude el cabello con un altivo movimiento de cabeza. Lo observa, lo saborea acercándose a ella, le gusta el ruidito alegre que hacen sus pantalones de mezclilla al chocar en su entrepierna a cada paso. Lo desea con todo su cuerpo que conoce de calores y sudores y a la vez lo odia por ignorarla. Su perfume de maderas se diluye con el humo de los escapes gruñendo en la avenida al pasar frente a ella.
Javier se acuclilla para abrir los candados y su trasero se marca en el pantalón estirado por el esfuerzo. Beatriz quiere correr y abrazarlo por detrás. Embarrarse en él y besarle la nuca. Javier levanta la cortina y se quita la chamarra. Su espalda es un triángulo de músculos. Toma en sus brazos los maniquíes con gran delicadeza a sabiendas de que Beatriz lo mira y los coloca sobre la banqueta.
Lentamente desabrocha los botones de la blusa que se exhibió el día anterior. Desliza la tela por los hombros de la muñeca acariciando con las palmas de sus manos las rosadas protuberancias de pasta como si se tratara de una mujer. Ensarta las mangas en los brazos y antes de abrochar los botones roza como al descuido las tetas duras, sin pezones, del maniquí. Los pechos de Beatriz, vivos, se estremecen al imaginario contacto de esos dedos crueles que se solazan provocándola.
Javier termina de vestir y acomodar los maniquíes frente a su tienda de ropa hindú. La más grande del lugar. Se introduce al local no sin antes dedicar a Beatriz una mirada matizada de sorna y una sonrisa ladeada. Beatriz hincha el pecho con gravedad y sus senos se inflan como las velas de una embarcación. Se muerde los labios rojo escarlata y redobla el fuego de su mirada. Los nudillos blanquean sobre la correa de la bolsa.
Pasan los ñeritos tratando de tocarla. La realidad cae sobre Beatriz como un palazo de tierra sobre un ataúd.
“Pa’ qué te haces pendeja, Beatriz. Sabes muy bien que nunca será tuyo. Él es todo un empresario y tú una pobre puta. Sí, seguro que se va de putas, pero de las catrinas, de las que se contratan por teléfono y cobran un lanal. ¡Qué bueno! ¡Alégrate! Porque si alguna de las muchachas te dijera que se fue con él, te morirías de la tristeza... Ya mejor habías de olvidarlo, total... un día de estos se casa con alguna riquilla, hija de algún comerciante... pa’ juntar las fortunas y ser muy felices, como en las telenovelas. ¡Qué chingadera es tu vida Beatriz! Te acuestas con cinco o diez hombres al día y no puedes acostarte con el que tú quieres.”
El ánimo de Beatriz se hace chiquito como un pedazo de carne en el fuego: quemándose, secándose... pero algún intacto residuo se resiste a las cenizas.
La cara chamagosa de Verónica Castro acude a su recuerdo y Beatriz sueña que puede ser Rosa Salvaje. “Diosito haz que me caigan muchos clientes pa’ juntar dinero y estudiar pa’ secretaria. Podría pedirle chamba al Javier y luego hacer que se enamorara de mí. A lo mejor... vestida de otro modo, portándome bien...”
- ¡Fiiuuuiii! ¡Acá la papa, manita, la papa!
La Juana le chifla y señala un carro que alenta la marcha sobre la avenida. Beatriz se desenreda los sueños del cabello y los echa a la alcantarilla con una colilla de cigarro coloreada de bilé. Se acomoda la falda con un sensual movimiento de caderas, se soba un muslo y rescata la mirada del vacío mientras su pie busca el apoyo, siempre presente, de la pared.
Angélica Santa Olaya D. R. ©

Angélica Santa Olaya nació en 1962 en la ciudad de México. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva, con mención honorífica, por la ENEP Acatlán, UNAM. Es egresada de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Forma parte del Diccionario Biobibliográfico de Escritores de México del Instituto Nacional de Bellas Artes. Ha trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Formó parte de un grupo de teatro independiente y estudió pintura. Obtuvo el Primer lugar en dos concursos de cuento breve e infantil en México (1981, con el diario El Nacional y 2004, dentro del programa Alas y Raíces a los niños del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato) y el Segundo Lugar en el V Certamen Internacional de Poesía "Victoria Siempre 2008" celebrado en Entre Ríos, Argentina, por su poema Dos más una, ocho.
Ha participado en diversos encuentros literarios en México, Argentina, Brasil, Cuba y Uruguay. Ha sido publicada en una docena de antologías latinoamericanas de cuento, poesía y teatro. Autora de Habitar el tiempo (Editorial Tintanueva, México, 2005), Miro la tarde (Editorial La Rana, Guanajuato, 2006), El Sollozo (Ed. Tintanueva, México, 2006), Dedos de agua (Ed. Tintanueva, México, 2006) y El lado oscuro del espejo (Editorial La Bohemia, Argentina, 2007) el cual fue publicado y, recientemente, presentado en Argentina.
Ha sido publicada, también, en revistas electrónicas de Chile, Brasil, Cuba, España, Italia, Argentina, Venezuela, Panamá y México así como en las revistas impresas Alforja, Solar, Navegaciones Zur, El Universo del Búho, Parteaguas, El puro cuento, Plan de los pájaros, Yuku Jeeka, Registro, Avance, Ritmo, Letras en Rebeldía, AM, Cultura de Veracruz; Papalotzi; periódico El Nacional, Milenio Diario, Carajo (Chile) y Panorama da Palabra (Brasil). Es profesora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y miembro del Círculo Internacional de Literatura Vanguardista LALUPE. Becaria del CONACYT (programa 2008-2010) para realizar la maestría en Historia y Etnohistoria en la ENAH.
santaolaya62@yahoo.com.mx