Grandeza
El que Gertrude Stein escriba una Autobiografía de Alice B. Toklas, y a su vez la supuesta Alice se limite a narrar la vida de Gertrude, denota no sólo el gran sentido del humor que caracterizó a esta autora norteamericana –y cierto tosco egotismo, muy propio de ella-, sino también hasta qué punto la una era apéndice de la otra. El escritor americano, de origen austriaco, Frederic Prokosch (1908-1989), que menciona a Gertrude como una de las tres mujeres más inteligentes que conoció su vida (las otras dos eran Marguerite Yourcenar y Hannah Arendt), asegura que jamás la vio sin Alice: "Sólo veía sus espaldas, la de Gertrude ancha e imponente, la de Alice, muy estrecha, ansiosa y vulnerable”. En su libro póstumo, París es una fiesta, Ernest Hemingway, acaso “alumno” predilecto de la Maestra Gertrude, revela algo de la naturaleza de la relación entre estas dos singulares mujeres. Todos los días recibían visitantes en su casa del 27 del rue de Fleurus, en su mayoría, escritores en ciernes buscando los consejos de Miss Stein, entre los que podríamos contar a William Faulkner, Thorton Wilder y, un poco tardíamente, a Paul Bowles, a quien financió su viaje por Tanger. Ocasionalmente, y como fue el caso de Ernest Hemingway, quien acudió la primera vez acompañado por su primera esposa, Miss Stein se retiraba a un rincón discreto con el visitante mientras Alice se encargaba de “entretener” a las esposas de los escritores, cosa que hacía sin mucho entusiasmo: “Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con su cara expresiva y su fascinador, copioso y vívido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha (…)” (París es una fiesta, Seix Barral, Biblioteca Ernest Hemingway, Traducción de Gabriel Ferrater, Buenos Aires, 2004, p. 22).El retrato que de Gertrude Stein nos brinda Hemingway, nos la muestra como una mujer generosa, accesible, cordial, risueña… pero también dura, rencorosa, machista y, sobre todo, prejuiciosa. Ese fue, me parece, su gran defecto. Si nos atenemos a los comentarios reproducidos por el también escritor estadounidense, Gertrude consideraba que había algo repelente en el sexo practicado entre varones, pero no en la relación entre mujeres, aunque evita mencionar la palabra “sexo”: “Entre mujeres-dice miss Stein a un joven y pasmado Ernest, que con ella aprendió “los misterios de la vida”, como habría hecho con un varón curtido y fumador -. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.” (París…p. 29). No descarto la posibilidad de que Gertrude estuviera jugando con la ingenuidad de Ernest, quien acababa de confiarle a la escritora haber sido objeto de propuestas indecorosas por parte de un alto personaje cuyo nombre omite. Algo hay de guasón en la grave expresión de Gertrude, en el brillo de sus ojos como pozos sin fondo. Es un hecho que sentía enorme afecto por Hemingway, que lo trataba como a un hijo y que le apostó con todo (y ganó, claro), pero puedo imaginármela gozando con la confusión del joven que cree saberlo todo sobre el sexo y el amor por criarse en la calle y ser experto en navajas. Miss Stein, la rica heredera, la casi médica, la mecenas de Picasso y de Mattisse, era una mujer tan ruda como sus modales y su aspecto denunciaban. Tanto Gertrude Stein como Alice Toklas pertenecen, en suma, a esa clase de personas que escasean en la joven America cuyo admirable fresco socio-psico-lingüístico reproduce la primera en Ser norteamericanos: “(…) A veces se ve a personas que tienen un aire tan particular que parecen únicas en su clase, o bien a dos personas cuya asociación es tan particular, sus caracteres tan individuales que es imposible imaginar que existan otras parejas iguales (…)” (p. 278).
Nacida en Pennsylvania, el 3 de febrero de 1874, Gertrude Stein fue eje de las grandes obras de la novelística norteamericana de la posguerra, incluyendo las propias -por cierto menos reconocidas que las de sus protegidos: presiento que su momento todavía no llega, pero llegará -, y el auge del arte cubista que por cierto influyó en su escritura como sobre ninguna otra: nada de lo leído hasta ahora se parece a la escritura de Miss Stein. Hija pequeña de un ejecutivo ferroviario de origen judeo alemán y de clase trabajadora, Daniel Stein, que terminaría amasando una enorme fortuna, y de Amelia, ama de casa, viajó mucho desde a los tres años de edad, gracias a los negocios del padre, llegando a radicar en Viena y en París, donde retornaría definitivamente en la adultez. Nada había de intelectual en ninguno de los progenitores de Gertrude. Deben haber sido como los personajes emigrantes de Ser norteamericanos, entre las más raras y monumentales obras de la literatura norteamericana contemporánea, donde las palabras más vulgares, anodinas o cotidianas cobran un significado confuso, distinto, inquietante: “(…) llevaban una vida cotidiana bastante ordenada, ordenada como la vida suele llegar a serlo, posteriormente, ordenada en sus repeticiones pero tal como decía, en sus ordenadas repeticiones por lo general los niños manifiestan menos como son realmente dado que pertenecen más a la vida ordenada que a su entorno.” (Barral Edtores 1974, Barcelona, 1971, traducción de Mariano Antolín-Rato).

Mirando el idílico retrato de la Familia Stein, vemos al Mr. Stein leyendo como de reojo un libro que parece de contabilidad. Bertha, la mayor de las dos hijas, cabellera recogida en un agobiante moño y ensimismada en un libro que pudiera ser un cuento de hadas. De los tres varones, perfectamente acicalados, el segundo luce como a punto de ejecutar una melodía con el violín mientras analiza una partitura. Detrás de Bertha, Leo, con lápiz en mano, mira a la cámara titubeante, deseando desaparecer. A los pies de la madre, que mira con cierto fastidio hacia el lente, la pequeña Gertrude, ¡inconfundible!, gordita, pelada como un chiquillo bravucón, ya denota el aire autosuficiente, torvo y hermético que la caracterizaría toda su vida.
En 1878 los Stein se asentarían en Oakland. Contando Gertrude catorce años moriría su madre y apenas dos años más tarde, la seguiría el padre. Michael, el hermano mayor, tomó control de los negocios paternos y envió a sus hermanas, Gertrude y Bertha, al hogar de sus abuelos maternos, en Baltimore. Ya entonces, la fornida y sanota muchachita dio muestras de gran carácter, además de una inteligencia voraz que la llevaría sin dificultad hasta el exigente Radcliffe Hall, donde estudió psicología, nada menos que bajo la tutela de William James (1842-1910), de quien, según se advierte en la sorprendente penetración psicológica de sus textos, aprendió mucho. Poco después ingresaría a la facultad de medicina de la Universidad John Hopkins pues le interesaba estudiar las circunvalaciones del cerebro. Su estancia allí, según nos lo hace suponer la propia Gertrude, que nunca ahonda en sí misma, lejos de ser traumática, estuvo llena de camaradería y bromas pesadas, quizá porque sus condiscípulos veían en ella un chico más. Gertrude nunca aprendió a ser discreta, no en el sentido en que, dice en Ser norteamericanos, debe serlo una chica americana. Fue ella uno de esos “infrecuentes incidentes en la vida”, de chicas que debido a su inteligencia convierten su vida en una complicación. Era, dicho con sus propias palabras, una virgen cruda, garantía de libertad. Un ensayo de la entonces joven Miss Stein sobre el tema del cerebro fue incluido en un libro médico de Llewelyns Baker.
No escribió, sin embargo, sobre su etapa de estudiante, libracos bajo el brazo y sombrerito almidonado, pero sí de la miserable existencia de su criada de entonces, Leda (Gertrude prácticamente inmortalizó a todas sus criadas en diversos relatos), protagonista de la primera historia de su libro Tres vidas (1909), el cual, según declaración de la propia Gertrude, escribió bajo la influencia de Trots contes, de Flaubert, que acababa de traducir al inglés. Llegó a asistir varios partos, especialmente de gente de color a la que nadie quería atender. Una de sus pacientes le inspira el personaje del segundo relato de este mismo libro: Melanchta Herbert. Con esta historia, a decir de Autobiografía, iniciaría su revolucionaria técnica literaria a la que Prokosch describe de la siguiente manera: "(...) había inventado una nueva manera de contar, es decir, contaba una historia sin contarla", o dicho por la propia Gertrude: "Es preciso destrozar los viejos modos de escuchar, los viejos modos de ver y de decir." Ahora, para decirlo a la manera de la propia Gertrude, que en su contar sin contar no cumple lo que promete, no en lo inmediato, quiero decir, habrá una historia más extensa sobre el citado libro.
Nunca concluyó sus estudios en medicina porque se le presentó la oportunidad de regresar al lugar donde más feliz se sentía: París, donde viajó acompañada de su hermano Leo (1827-1947), el único de los Stein, junto con ella, que tenía sensibilidad artística y terminaría siendo un consumado crítico de arte. No sería sino diez años después de sentar su residencia en París, que Gertrude conocería a Alice B. Toklas, californiana, cocinera consumada, descendiente de gitanos, tres años menor que Gertrude. Fue su secretaria, escritora ella misma (escribió, como en su falsa autobiografía, acerca de su vida en común con Gertrude, porque Alice no tenía tema más trascendente que ese) y dicen que también amante, aunque en el libro que nos ocupa no se menciona una relación de esa naturaleza. Fue, sobretodo, la mejor amiga de esta mujer que se caracterizó por tener un millón de amigos. Según la describe Hemingway, Alice “(…) era pequeña y muy morena, peinada como Juana de Arco en los dibujos de Boutet de Monvel, y de nariz muy ganchuda (…)"

El segundo mejor amigo de Gertrude fue uno que decía no querer a nadie, ni siquiera a sus hijas: Pablo Picasso (1881-1973). Este inmortalizó a Gertrude en el que sería uno de sus más célebres cuadros y para el que ella posaría, ni más ni menos que noventa y tres veces, en el sombrío estudio del Rue de Ravignan, sobre un sillón viejo, mientras Fernande, primera esposa del pintor, la mimaba, scherezadamente, leyéndole fábulas de LaFontaine. Gertrude, que escuchaba ceñuda y pensativa la lectura de Fernande, fue la primer modelo de Picasso en ocho años (el pintor contaba veinticuatro entonces). Dicen que el resultado final no agradó a Gertrude, quien no se reconocía en aquella figura huraña y pensativa, "ya te parecerás", reía Picasso. Y tenía razón.

Pero la descripción que de ella hace Frederic Prokosch en su libro Voces, coincide asombrosamente con la versión picassiana y, sobre todo, con la hemingwyana: "Era más pequeña de lo que yo había imaginado (esperaba encontrarme ante una mujer gigantesca), y su voz también era menos sonora, tal como sus modales, que eran menos intimidantes. La piel de su cara era áspera y rugosa, como la de un alpinista, pero al mismo tiempo en su rostro moraba una expresión civilizada y dulcemente pensativa."
El caso es que Gertrude, Leo y Alice decidieron unir talentos (Gertrude, la conversadora; Leo, experto en arte; Alice, la mejor cocinera del mundo) y convertir su casa del 27 rue de Fleurus, muy cerca de los Jardines Luxemburgo, donde Gertrude solía pasear con su perro, en un lugar de reunión para artistas. Su residencia parisina llegó a ser, además, un auténtico museo. Asimismo, Gertrude financió a algunos jóvenes escritores, detalle que omite de su autobiografía encubierta. En Autobiografía... tampoco se ahonda en aquel primer encuentro que debió ser decisivo para las dos mujeres y que tuvo lugar en la casa de la escritora, hasta donde Leo llevó a Alice; tampoco en el amor a primera vista del que tanto se ha hablado. Simplemente Alice no volvió a salir de ahí, dejando su vida entera en el 27 del Rue de Fleurus, al lado de su Gertrude.
A pesar de codearse con la gente más crochable, Gertrude nunca dejó de ser la típica norteamericana que gustaba de la ropa cómoda y holgada. No se explicaba el gusto de las mujeres por comprar vestidos. Consideraba, incluso, que los escritores no debieran casarse porque se gastaba demasiado dinero en vestir a las esposas. Hablaba un francés con mucho acento. Sin embargo, es un hecho que prefería mil veces Europa a su propio continente, aunque viviera nostálgica de los Estados Unidos. Fue una gran escritora pero fue aún mejor lectora. Según cuenta, leía tanto que temía agotar de pronto todas las lecturas del mundo. Detestaba las máquinas de escribir. Escribía en libretas económicas y lo hacía durante la noche para dormir de día y recibir visitas no antes de las seis de la tarde. Alice se encargaba de pasar los manuscritos en una imponente Smith Premier, y era la única persona a quien Gertrude le permitía participar de la corrección de sus textos (aunque Hemigway afirma haberle metido mano a Ser norteamericanos). Además de novelas y cuentos, Gertrude, que se declaraba pintora frustrada, gustaba asimismo de escribir retratos, entre los que destacan los del propio Picasso y Guillaume Apollinaire, otro a quien los demás rehuían por conflictivo y que adoraba a Gertrude. También escribió óperas como La madre de todos nosotros, basado en la vida de Susan B. Anthony, con música de Virgil Thompson.
Hemingway hace alusión al estilo “formidable”, pero prolijo y cargado de repeticiones “que en un escritor más concienzudo y menos gandul hubiera tirado a la papelera” de Miss Stein, gran comedora de comas (valga la redundancia) y se refiere en particular al relato de Melanchta, que en español se encuentra publicado de manera independiente (Monte Ávila Editores, Caracas, 1976, Traducción y presentación de Julieta Fombona), un extraordinario experimento de estilo que magnificaría con Ser norteamericanos. Debo reconocer que al leer “Melanchta” por primera vez, mal interpreté la intencionalidad de Miss Stein: leído en voz alta, el texto adquiere el ritmo y la velocidad de un “rap”. Supuse entonces que, además que contar la vida de una incomprendida mujer de color, pretendía reproducir el habla de su entorno. Someto el siguiente botón de muestra a la consideración del lector, al que invito a leerlo en voz alta: “En naturalezas tiernas de corazón blando, los que casi nunca sienten una pasión fuerte, el sufrimiento a menudo llega a endurecerlos. Cuando éstos no saben en ellos mismos qué es sufrir, el sufrimiento es entonces muy terrible para ellos y quieren a toda costa ayudar a todo el que de alguna manera tiene que sufrir, y sienten una honda veneración por cualquiera que sepa realmente cómo sufrir siempre. Pero cuando les toca a ellos sufrir realmente, muy pronto empiezan a perder su temor, su ternura y su asombro (…) no son tanto más sabios después de todo, todos los demás solamente porque saben también cómo aguantarlo.” (p. 133).
Gertrude se compenetra, sin duda, con la naturaleza de su protagonista, una negra “casi blanca” llamada Melanchta; una mujer cuyo temperamento autosuficiente y libre recuerda en mucho al de la blanca “casi negra” (no aludiendo a su color sino a su temple) Gertrude Stein. Melanchta vive para los demás, como en cierto modo vivió también la propia Gertrude –aunque en el caso de esta, encontró la reciprocidad que Melanchta no tuvo nunca: aquellos por quienes vivía, vivían a su vez para complacerla-. Es una amiga leal, que llega a renunciar a sus propios intereses para cuidar de su madre y posteriormente de amigas que nunca aprecian su sacrificio. Paradójicamente, al enamorarse de un joven médico que le corresponde, Jefferson Campbell, Melanchta actúa respecto a él con la misma ingratitud con que ha sido tratada por las mujeres de su entorno, que en el fondo envidian su belleza, su inteligencia –“vagaba al borde de la sabiduría”- y su libertad. Sobre todo su libertad, que para la autora pareciera ser lo más importante. ¿Existe en Melanchta cierta latencia lesbiana? ¿O simplemente su desconfianza en el amor de los hombres la lleva a preferir la traición de las mujeres? El abordaje psicológico de los personajes, particularmente el de la protagonista, que pareciera ser altamente autodestructiva, es otro de los aspectos admirables en la obra de Gertrude, pues el lenguaje repetitivo, considero, no es producto de un capricho, sino una forma de incidir en la naturaleza (palabra favorita de la autora que pudiera entenderse en términos psiquiátricos) de los personajes.
La poesía no está ausente en Melanchta, aunque esté casi ausente en Ser norteamericanos, lo que no significa que tenga instantes poéticos. La poesía fue el otro género en que Miss Stein recibió el visto bueno de la crítica, como en el caso de Tender buttons (1914). “Ahora era verano –se lee en Melanchta – y la gente de color salía a la luz del sol, toda estallada de flores. Y brillaban en las calles y en los prados con su cálida alegría, y destellaban en su color negro y se arrojaban libres al amplio abandono de su estruendosa risa.” (p. 157). Uno de sus críticos en lengua española, el escritor tijuanense Heriberto Yépez, afirma algo preocupante: gran parte de las traducciones al castellano que se han hecho de Miss Stein, destruyen su escritura, en una búsqueda absurda por volver legible el “anormal” inglés de la escritora. No lo dudo…
La estructura de Ser norteamericanos, remite inevitablemente a la de la Biblia, aunque en el caso concreto de la biblia steiniana, se restringe a un Génesis interminable que intenta explicar –mejor dicho, re-crea – como se conformó el país que desde entonces fue llamado “América”, quizá porque, desde siempre, sus ocupantes han permanecido ajenos al resto del continente (el título original es Making americans, “haciendo americanos”). Por momentos, el vocabulario pareciera restringirse a unas cuantas palabra clave para entender el proceso mediante el cual los emigrantes edifican su identidad hibrida, “americana”: naturaleza (algo en lo que los personajes creen devotamente), repetición (que se repite en la repetición incesante de las historias que empiezan y concluyen una y otra vez), impaciencia, ajeno, individualidad, importancia. Tal y como señalaba Prokosch, la autora empieza a contar una misma historia, una y otra vez; la deja suspendida y, al retomarla, la termina abruptamente. Lo que hace adictiva la lectura, considero, es la extraordinaria cadencia del lenguaje. Así, entonces, Gertrude inicia una y otra y otra vez las historias de diversas familias relacionadas entre sí, la relación entre familias de la clase acomodada y sus sirvientes, institutrices y modistas, y a través de la vinculación entre “superiores” e “inferiores” se van creando jerarquías entre personajes que llegaron a esa tierra, en idénticas condiciones: “(…) Hombres y mujeres viven de muy distintas maneras: el modo en que comen, el modo en que beben, el modo en que piensan, el modo en que trabajan, el modo en que duermen la mayor parte de los hombres y de las mujeres está unido al modo en que aman, y procede de su naturaleza profunda (…)” (p. 202). En general, nos dice Stein en esta asombrosa novela, el ideal americano es vivir y morir en la mediocridad y en el contento, sin contar su enorme “amor a empezarlo todo”.

Gertrude elaboró Autobiografía de Alice B. Toklas (Lumen, Col. Palabra del Tiempo, 2000, Traducción de Andrés Bosch) prácticamente desde su lecho de muerte, aunque, a decir de Alice, ni siquiera entonces dejó de reír mientras acariciaba la cabeza de su perro, pese a la agonía que debió significar un cáncer estomacal. Gertrude prorrumpía a carcajadas en medio de las situaciones más solemnes, incluyendo su propia agonía, actitud que siempre le acarreó problemas... pero también amor, mucho amor. Junto con Alice recorrió frenéticamente Europa en busca de un refugio durante la Primera Guerra Mundial, para retornar al punto de partida: la 27 del rue de Fleurus, donde habría de morir, a los 72 años de edad, el 27 de julio de 1946. Alice, que habría de sobrevivir veintiún años a su entrañable compañera, a su refugio, a su soleado jardín, diría entonces, desvalida: ¿Cómo es posible que tanta perfección, tanta felicidad y tanta belleza hayan estado ahí y ya no estén?
Los restos del Genio descansan en el cementerio Pere Lachaise.



La maldición del Hijo
“Cuando de ti ya no quede ni rastro, La cuádruple raíz del principio de razón suficiente seguirá siendo leído y celebrado”, dijo a su madre un joven y rencoroso Arthur Schopenhauer, luego que esta preguntara, tras hojear su tesis doctoral en filosofía, si aquello era un “tratado para boticarios”.
Arthur Schopenhauer jamás se caracterizó por su sentido del humor… pero su madre, sí.
No nos queda otro remedio que reconocer el carácter profético de aquella sentencia, pues mientras que la obra de Johanna Schopenhauer se perdió en la memoria de los tiempos, opacada, acaso, por la omnisciencia de su celebérrimo coetáneo, Goethe, la de su hijo continúa originando rabiosos debates. Nutrió incluso a otro enorme filósofo: Nietzsche. Pero, se preguntarán más de uno y de una, ¿Pero Schopenhauer tuvo madre?, dicho esto sin albur. Sí, sí tuvo… y no, por cierto, cualquier madre.
Leyendo la biografía de Johanna Schopenhauer, nacida Johanna Henriette Trosiener, el 9 de julio de 1766, en Danzig, hoy ciudad polaca de Gdanski, junto al Báltico, uno no puede evitar preguntarse cómo tan admirable mujer pudo engendrar un hijo que, independientemente de su innegable genio y talento, adoleció desde la adolescencia de un odio patológico hacia el sexo femenino. Johanna no solo se distinguió por su calidad moral y humanitaria, sino también por su inteligencia y, oh sorpresa, por ser la primera mujer alemana que se dedicó profesionalmente a la escritura, incitando encendidos elogios del mismísimo Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832)
¿Por qué, ante tal ejemplo de virtud femenina, creció Arthur tan convencido de la inferioridad nata de las mujeres?... ¿Convencido o deseoso de que así fuera en realidad?
Quien pasaría a la historia, no como digna exponente de la literatura romántica en lengua germana, sino como mamá del filósofo pesimista, deudor de Spinoza y de Kant, solía ser una fresca y sonrosada muchacha de brillantes ojos negros. Hija de un comerciante burgués, Christian Trosiener, gozó del privilegio, inusual para su tiempo, de recibir una esmerada educación de manos de un ilustrado clérigo escocés que, sin embargo, acaso por disposición paterna, no puso especial énfasis en el tema religioso. No extrañe, por tanto, que en sus historias Johanna represente los conflictos de conciencia o el excesivo apego a las promesas hechas a los muertos como impedimentos absurdos contra la plenitud y dicha reales. No extrañe tampoco que, no obstante el dramatismo de las mismas, más atribuible, por supuesto, a la moda del momento que a la sinceridad de un espíritu trágico, Johanna haya sido una muchacha alegre y cantarina.
No obstante su gusto por Shakespeare y Voltaire (cuya influencia salta a la vista en sus escritos), autores a quienes leyó precozmente, en su idioma original, las inquietudes artísticas de Johanna apuntaban hacia la pintura, quizá porque en la pintora suiza Angelika Kauffman (1741-1807) encontraba una heroína digna de emular.
Johanna topó, por primera vez, con la oposición paterna. Era casi una niña, catorce quince años, cuando expresó su sueño de partir a Roma o a París para realizar estudios formales en este campo y llevar una vida bohemia, cosa que el señor Trosiener se encargó de cancelar ipso facto. Alcanzó los dieciocho años sin resignarse del todo, pero sin desechar por completo la posibilidad. En cierta forma, Viktor, protagonista de La nieve, lleva a cabo lo que ella soñaba, aunque para realizarlo hubo de abandonar a sus padres y hermana y dejarlos sumidos en la desdicha. Tuvo que bastarse por sí mismo, por supuesto, algo que a una jovencita le hubiera sido doblemente difícil.
Fue entonces que apareció en el reducido panorama de la inquieta joven, un solterón de casi cuarenta años llamado Heinrich Floris Schopenhauer, hombre adinerado, descendiente de la más rancia aristocracia de Danzig. Todo parece indicar que el señor era lo más opuesto que cabe imaginarse a la retozona Johanna… quizá por lo mismo, dicten, el señor Schopenhauer quedó prendado de la chiquilla con rosas en las mejillas, en quien nunca supuso tan desmesurada ambición artística… mucho menos una inteligencia tan bien nutrida como su imaginación.
Puede uno concluir, debido a la naturalidad con que Johanna aceptó los galanteos de Heinrich, por cierto muy amante de los viajes, que la joven vio en él la anhelada oportunidad para salir al mundo, así que le dio gusto a su padre, sin titubear, cuando este le sugirió que Henrich sería un magnífico partido para ella. No sería, supongo, del todo repulsivo, si bien, reconocería en sus memorias la Señora Schopenhauer, nunca le dio por fingir amor, “ni tampoco mi marido aspiraba a que se lo demostrara”. Johanna pareció contentarse con el matrimonio y asumir su papel de encantadora anfitriona, aficionada a la jardinería, a la lectura… un poco a la pintura. Pero no tardó en deslumbrar a las amistades de su marido y transformarse en figura central de las tertulias de Danzig, algo que, si atendemos a las cartas de Schopenhauer hijo, no tenía muy contento a Heinrich Floris.
Del brazo de Heinrich, conoció Johanna el mundo con que soñara desde su infancia: el de las bohemias de Berlín, Hannover, Francfort, Amberes y París. Para cuando llegaron a Londres, ya Johanna exhibía un avanzado estado de gestación. Su primogénito, Arthur, estuvo a punto de nacer ahí, pero por alguna razón oscura, Heinrich dispuso que regresaran a Danzig cuanto antes. Así entonces, el futuro filósofo vería la primera luz en la tierra de sus padres, el 22 de febrero de 1788. Ya para entonces, suponen los biógrafos que Heinrich había empezado a ser acosado por el demonio de los celos. El que con todo y la posesividad de su marido, Johanna se haya convertido en la dama más fulgurante en el ámbito artístico y cultural, es algo digno de destacar… y de analizar.
Johanna llevó una activa vida social y en sus viajes, muchas veces, se hizo acompañar por Arthur, quien era un niño tan vivaz y curioso como su madre. En 1797, contando Arthur nueve años, los Schopenhauer se vieron orillados, por razones políticas, a trasladarse a Hamburgo pues Prusia se había anexionado Danzig. Cuatro años después, nacería Adele, única hermana de Arthur.
Nadie hubiera imaginado entonces, viendo tan unidos a la madre y al hijo –Johanna se identificaba incluso más con este que con Adele, tímida y tranquila por naturaleza- que éste terminaría odiando a su madre y con ella, a todo el género femenino. Incluso para la época, la misoginia del joven Arthur resultaba intolerable… pero no nos adelantemos. Tanto las cartas de la madre como las del hijo sugieren que este fue receptor de los rencores y frustraciones de su padre, quien poco a poco se fue rezagando de la vida mundana, donde nadie, al parecer, le echaba de menos. Aunque exitoso como comerciante, Heinrich no se sentía, intelectualmente hablando, a la altura de su esposa y de sus exquisitas amistades. Las cartas de Arthur sugieren, asimismo, que él optó por quedarse a hacer compañía a su padre: “Yo conozco bien a las mujeres –escribiría a uno de sus escasos amigos -, solo respetan el matrimonio en tanto que institución que les da de comer. Hasta mi propio padre, achacoso y afligido, postrado en su silla de enfermo, hubiera quedado abandonado de no ser por los cuidados de un viejo sirviente… Mi señora madre daba fiestas mientras él se consumía en soledad; ella se divertía mientras él padecía amargas torturas. ¡Eso es amor de mujer!”
Todo parece indicar que mientras Johanna apoyaba las inclinaciones artísticas de su vástago, Heinrich lo presionaba para que siguiera sus pasos como comerciante, cosa que Arthur, para sorpresa de propios y extraños, acató… una vez más, en solidaridad con el padre postrado y torturado. El odio de Arthur hacia su deslumbrante madre aumentaría cuando, durante la primavera de 1805, el cuerpo de Heinrich Floris aparecería flotando en un canal. Todo parecía indicar que se trataba de un suicidio, circunstancia de la que Arthur no vaciló en culpar a su madre. Ante el desolador panorama, uno esperaría –Arthur lo esperaría, al menos –que, virtuosa dama, Johanna guardara luto perpetuo y cerrara indefinidamente las puertas de su casa. La Viuda Schopenhauer, sin embargo, decidió empezar una nueva vida, en la que Arthur se negó a participar para retirarse a estudiar lo que verdaderamente le gustaba -filosofía-, acompañada solo de la callada Adele, se trasladó a Weimar, ciudad que se distinguía por albergar lo más selecto de la intelectualidad alemana… con tan mala suerte, que casi junto con ellas entraron las tropas de Napoleón, quien sometería la pequeña Atenas a un cañoneo sin tregua durante varios días.
Johanna, una vez más, asume una actitud ejemplar al transformar su hermosa casa, a orillas del Ilm, en refugio para damnificados por los saqueos de la soldadesca francesa. Pudo haber huido junto con su hija, como la mayoría de los civiles, pero Johana optó por asistir y alimentar a soldados de uno y otro bando (dominaba el francés y vivía nostálgica de París), así como a todo aquel que padeciera una desdicha. Justo por entonces, recibiría una visita doblemente inesperada: la de Johann Wolfgang van Goethe, el escritor vivo más importante de Alemania, acompañado por su amante plebeya, Christiane Vulpius, madre de su única hija, con quien acababa de contraer matrimonio. Como Johanna, Goethe optó por permanecer en Weimar durante la invasión y hasta sus oídos llegaron noticias de la hospitalidad de la recién llegada. Goethe supo, de algún modo, que tan noble dama no despreciaría a su nueva esposa, como hicieran todas sus aristocráticas amistades. En efecto, Johanna se entendió de maravilla con la señora Goethe, además de brindarle su afecto sincero. Este mero hecho la colocó a la cabeza de los afectos del escritor, quien se convertiría en uno de los más asiduos visitantes a su casa.
Según soñó Johanna, apenas finiquitado el conflicto bélico y habiéndole hecho las reparaciones pertinentes a su casa, abrió las puertas de esta, transformada en salón literario que pronto llegaría a ser el más prestigiado de Alemania, donde funcionaban también los afamados salones de Henriette Herz y Rahel Lévin. Además de Goethe y esposa, por ahí pasaron también los hermanos von Humboldt, los escritores Ludwik Tieck y De la Motte Fouqué, los músicos Carl María von Weber y Félix Mendelssohn y el pintor Gerhard von Kügelgen, entre otros: “El círculo que se reúne en torno a mí, los domingos y los jueves no tiene parangón en Alemania, ni en ninguna otra parte –escribiría Johanna en noviembre de 1806 a Arthur, quien se encontraba en la Universidad de Jena, cursando un doctorado en filosofía -. Tomamos té, charlamos… Nuevas publicaciones, dibujos, composiciones musicales, todo se trae a mi casa; aquí se comenta, se pondera, se ríe, se elogia, según parezca (…)” No es difícil concluir que al joven doctorando, ya medio ermitaño y rumiante, aquel cuadro que le pintaba su madre le pareciera el colmo de la desfachatez.
Para entonces, resuelta la vida del hijo mayor, Johanna se ocupaba exclusivamente en Adele, quien, aunque muy amiga de su madre, distaba de ser tan carismática e inteligente como esta. Su única aspiración era vivir un gran amor y a Johanna le preocupaba el futuro de esta hija que había heredado la palidez y el temperamento histriónico del padre, confiada, sin embargo, en que su dote podría agenciarle un buen esposo. En el preciso instante en que Johanna planificaba el futuro de Adele, tocó a su puerta un joven y talentoso viudo de treinta y cuatro años llamado Müller von Gerstenberk, quien se alojó en casa de la viuda, despertando con ello un montón de suspicacias. Nunca se comprobó que Johanna mantuviera algún amorío con Müller, nada que trascendiera la relación normal entre una madre y un hijo –se dice incluso que Müller era el hijo que le hubiera gustado tener a Johanna- pero el rumor no tardaría en llegar a oídos del sombrío Arthur quien, por entonces, primavera de 1814, acababa de obtener su doctorado. Decidió, entonces, presentarse sorpresivamente en caso de su madre y finiquitar el “amorío”.
Huelga decir que Arthur causó una impresión pésima entre las selectas amistades de Johanna, incluido, claro, su inquilino. No obstante ser un muchacho robusto y bien parecido –había heredado de su madre los profundos ojos negros, la frente amplia y tersa, la boca pequeña, carnosa y de comisuras alzadas- era también engreído, desdeñoso, patán y miraba a los amigos de su madre, en especial a las damas, con abierto desprecio. En medio de las risas y las danzas, sus demoledores comentarios herían, fastidiaban, desanimaban… orillaban al suicidio, a Adele, por ejemplo, “no cabe duda de que la condición humana es aborrecible y miserable”. Lo que Johanna no pudo disculpar, fue que Arthur hiciera sucias insinuaciones frente a Gerstenberk, por quien seguramente se sentía desplazado en los afectos de la madre, la que, con la firmeza que le era característica, dijo entonces: “No es Müller quien nos separa, esto te lo juro ante Dios… tú mismo eres quien se separa de mí: tu desconfianza, la censura que ejerces sobre mi vida y sobre la elección de mi felicidad, tu codicia, tu mal humor… Esto y mucho más es lo que ha hecho que termines pareciéndome absolutamente odioso…”
Estas palabras produjeron el rompimiento definitivo entre madre e hijo… y precedieron, curiosamente, la trayectoria literaria de Johanna que empezaría a escribir hasta los cincuenta años, a sugerencia de sus amigos, Goethe entre ellos. Consideraban que con tal chispa e ingenio, debía reproducir sus virtudes en la escritura. Quizá no lo hubiera hecho de no haber recibido el revés de la fortuna: la entidad financiera en Danzig donde había invertido todos sus bienes, se declaró en quiebra. Johanna ya no lo pensó dos veces –le quedaba una hija por quien velar- y puso manos a la obra. La intuición de Goethe fue certera: la dama demostró talento para la pluma y debutó en 1810 con la biografía de un querido amigo suyo, Carl Ludwig Fernow (1763-1808), crítico y arqueólogo alemán, muerto de tuberculosis, quien, para colmo, contagió a su mujer estaba muerta también. Johanna Schopenhauer incursionó en las bellas letras con pie derecho. No obstante el enorme éxito de su primer libro, publicado por Cotta –la mismísima Rahel Varnhagen (1771-1833), cabeza de un salón berlinés y escritora sobre la que Hannah Arendt realizaría una apasionante biografía, recomendó desinteresadamente su lectura –tuvo que acoplarse a una vida más austera, sin servidumbre. Lo más doloroso para ella, fue que Adele se quedara sin dote, cosa que no pareció traumar demasiado a la muchacha, que estaba feliz al lado de su madre. Poco más tarde, Johanna Schopenhauer adquiriría gran notoriedad con una serie de relatos de viajes y una serie de novelas, muy en el tono de Rousseau, Richardson y el propio Goethe (aunque, insisto, su ideología parece muy influida por Voltaire), en los que exaltaba la lealtad y fuerza de carácter de las heroínas, en quienes, a decir de Luis Fernando Moreno Claros, su traductor al español, Johanna proyectaba una imagen positiva de sí misma.
Los personajes varones, sin embargo, ostentan también virtudes morales e intelectuales, adjudicables a la propia autora. Estas palabras de Viktor, protagonista de La nieve, única novela de Madame Schopenhauer traducida al castellano, hasta la fecha, pudieron haber sido expresadas por ella misma: “(…) Así de pura, así de luminosa, así de silenciosa querría yo que fuera la vida, tal como allí es, donde esas columnas incandescentes, la imagen de mi ser, se templan en los brillantes campos de nieve.” (Editorial Periférica, Biblioteca Portátil, No. 14, Cáceres, España, traducción, introducción y posfacio de Luis Fernando Moreno Claros, p. 71).
Las novelas de Johanna tienen por eje una heroína que invariablemente renuncia a algo o a alguien por lealtad al esposo o al padre. A aquel nunca lo amaban, pero lo consideraban, como en La nieve, donde no se puede afirmar que Marie no haya sucumbido a la tentación de huir con Viktor, pero vaya que se esfuerza por no hacerlo. No obstante, Johanna tiene más paralelismos con la condesa Cölestine, la anfitriona de la casa donde se han reunido para escuchar la historia del pintor. Johanna, al ceder la narración a un personaje testigo, el pintor Hubert, preceptor de Viktor, aprendiz de artista, y el que, se dice, estaría inspirado en el pintor clásico suizo Johann Heinrich Meyer, buen amigo de Goethe, los pormenores de la pareja ilícita son revelados de tercera mano, aunque Hubert se refiere a ambos jóvenes como ángeles de belleza y bondad que lo único que buscan es darse un último abrazo. Se advierte, además, un talante crítico en el juicio de Hubert respecto a las razones para semejante sufrimiento, cosa que no se advierte, por ejemplo, en Las cuitas de Werther, de Goethe, donde la desdicha no solo es justificada, sino enaltecida. Se lee en La nieve: “(…) Lo mismo que todas las almas juveniles, también Marie hallaba un maligno placer entregándose sin resistencia a ese dolor, e incluso a la propia representación de su turbio destino, con tintes cada vez más tenebrosos.”
La serie de novelas realizada por Johanna, mereció una clasificación independiente a la de bildungsroman o “novela de formación”: entsagungromane, es decir, “novela de renuncia”. En el caso concreto de La nieve, quien renuncia no es Marie, la heroína, sino Gaetana, su “rival de amores”, una ex modelo de Viktor por el que experimentó un amor sin esperanzas y termina entregando a su hija al viejo Hubert para ordenarse monja.
La trama de La nieve posee algunos elementos que, bajo nuestra óptica, pudieran resultar desmesurados, más aún, melodramáticos. Pero no debemos olvidar el contexto histórico en que se escribió: la cursilería, recordemos, no era exclusiva del sexo femenino (no lo ha sido nunca, en realidad), de hecho, las novelas de Johanna tienden más a cuestionar la tragedia que a sublimarla. Moreno Claros, por ejemplo, cree advertir un conflicto homosexual en la persona del maestro Hubert, para quien la felicidad de su joven protegido es lo más importante. No hay que perder de vista, insisto, el contexto en que se desarrolla la historia. Bástenos remitirnos a Goethe, en cuyas novelas se muestra una naturaleza dulce y afectuosa de las relaciones entre varones, hoy susceptible de confundirse con homosexualidad latente. Antes no existía ese prejuicio y lo mismo puede aplicarse al caso de la amistad entre mujeres. La novelística de Jane Austen, contemporánea inglesa de Johanna, es pródiga en ejemplos.
Irónicamente, y contrario a Arthur Schopenhauer, cuya petulancia y maledicencia llegó a hacer de él un apestado social, Johanna fue muy exitosa, best seller, dirían hoy, con cierto tufillo denostativo. Ese éxito, el éxito de una mujer casi única en su tiempo, que además era su madre, pudo contribuir a la amargura del filósofo. El factor político, sin embargo, le sería adverso a la escritora: se impuso de nueva cuenta el absolutismo. De pronto, los títulos de nobleza y las jerarquías de salón perdieron todo valor ante las posesiones materiales… y Johanna era solo una aristócrata venida a menos, que nunca se recuperó por completo de la bancarrota. No les quedó más remedio, a ella y a Adele, que acogerse bajo el ala protectora de Sybille Mertens Schaafshaus, acaudalada dama, muy amiga de la escritora, quien en 1829 puso a disposición de las Schopenhauer una hacienda de verano en una aldea llamada Unkel del Rin.
Los últimos años de Johanna se vieron empañados por una perpetua lucha con sus voraces editores y el archiduque Carlos Federico, quien accedió finalmente a concederle a la escritora una pensión vitalicia: poco más que una limosna. Lo suficiente, sin embargo, para que madre e hija se trasladaran a Jena, donde aquella iniciaría la escritura de sus memorias que un colapso nervioso la obligó a interrumpir para siempre el 17 de abril de 1838. Adele consiguió la publicación póstuma de las memorias inconclusas, aunque no se tiene noticia de que haya reanudado relación con su hermano.
Pasión de justicia
N.G
¿Hasta qué punto puede considerársele a Lionel Burger un héroe contemporáneo? Se trata, por un lado, de un hombre blanco, de filiación comunista, feroz luchador contra el apartheid, esto es: una minoría de blancos esclavizando a la mayoría de la población sudafricano, compuesta por personas de raza negra. Sus mejores amigos son negros. Invita a niñitos de color a nadar en la alberca de su casa, para que sus hijos rubios convivan con ellos. Burger acepta con una sonrisa el veredicto de cadena perpetua, acusado de traición contra los colonizadores británicos de Sudáfrica, mismos que rehúyen caminar por la misma acera que un negro, “la condena a cadena perpetua —se dice en la página 166 de La hija de Burger (TusQuets, 2002, traducción de Iris Menéndez) —autorizó a Lionel a decir desde el banquillo “sería culpable si fuera inocente de trabajar para destruir el racismo de mi país. Si yo soy culpable de esa inocencia, no será la policía quien tenga derecho a prenderme.”
Pero resulta que Burger no se ha hundido solo. Arrastra en la vorágine a su esposa, a sus hijos y hasta a una abnegada amante negra a la que parece haber utilizado, como en realidad los ha utilizado a todos. Este es el lado oscuro del héroe: su sed de trascendencia, caiga quien caiga. Objetivamente hablando, no existe demasiada diferencia entre el mártir de izquierda y el industrial de derecha; entre Lionel Burger y Mehring, protagonista de El conservador, que se tiene por bueno por no hacer daño deliberado a nadie. Ambos son, sin embargo, profundamente egoístas.
La única sobreviviente de la familia Burger, la que da título a la que considero la obra maestra de Nadine Gordimer, será Rosa, inspirada, según revela la propia Nadine en Escribir y ser, en una muchacha absolutamente real y desesperada que la buscó para narrarle su ingrato destino como Hija del Héroe, circunstancia que le arrebata hasta el nombre, pues Rosa nunca será Rosa sino “la hija de Burger”, y todos se le acercan específicamente por eso, por ser la Hija de Burger, como Marcus, el sueco que la seduce pensando escribir la biografía de Burger y, de ser posible, hasta filmar una película inspirada en su vida. Para bien o para mal, Rose es sólo la Hija de Burguer: “No tengo pasaporte porque soy la hija de mi padre. La gente que se relaciona conmigo debe estar preparada para ser sospechosa porque soy la hija de mi padre.” (p. 81).
Nacida en el seno de una familia clasemediera, el 20 de noviembre de 1923, en Spring, población minera próxima a Johannesburgo (Transvaal), la sudafricana Nadine Gordimer, hija de un lituano judío (cuando Lituania pertenecía a Rusia), relojero de profesión, y de una inglesa, londinense para mayor exactitud, sería la séptima mujer y primera sudafricana en ganar el Nóbel en literatura, en 1991, tras una ausencia de nombres femeninos de más de treinta años, fenómeno que valdría la pena analizar, aunque no es el momento. Veinticinco años después del nacimiento de Nadine, en 1948, el llamado apartheid, es decir, la segregación de los negros, sería legalizado. Hasta entonces, la relación entre negros y blancos, que era exclusivamente de servidumbre de los primeros para con los segundos, se transformaría en confrontación racial que la escritora nunca estuvo dispuesta a consentir ni a perpetrar.
Nadine fue una rubia niña sobreprotegida a quien su madre llegó a inventarle una enfermedad del corazón para mantenerla recluida en casa, apartada de la realidad, es decir, de las cotidianas palizas propinadas a los negros en las calles, lo que no impidió que la inquieta chiquilla reparar en que los negros recibían trato de parias en su propio país. En medio de la soledad, inundada de dudas que nadie respondía satisfactoriamente y un grito atravesado en el pecho, Nadine se encontró a sí misma en la escritura contando apenas 9 años. Publicó su primer relato a los 15, en la revista Forum. Como Rose Burger, Nadine formó parte de una comunidad blanca segregada y convivió mucho más con jóvenes negros que con blancos, incluso en la universidad, lo que explicaría la gran verosimilitud con que aborda personajes negros, muchas veces protagonistas de su narrativa. Se educaría en el Convento de la Señora de Nuestra Misericordia, pero de algún modo la disciplina de escribir la liberó de sus ataduras convencionales y en 1948 escapó rumbo a Johannesburgo, matriculándose en la universidad de Witwatersrand, donde no habrá de obtener un diploma en Literatura pues la escritura termina por acaparar su tiempo, su mundo. Pasar de un ámbito a otro, vivir en el ojo del huracán, debe haber sido sumamente difícil para una muchacha que, además de su talento e inteligencia, era judía, rubia y hermosa, lo sigue siendo –“Menuda, dama de hierro de fuerte carácter pero coqueta al fin y al cabo, elegante a sus 84 años…”, escribe Javier Aparicio Maydeu. La dorada melena de Nadine entreteje hoy finos hilos plateados que acentúan el brillo de su mirada sensual.
Justo un año después de su ingreso a la universidad, vorazmente nutrida de Chejov y Proust, publicaba su primer libro de relatos, Face to face, al tiempo que contrae matrimonio. Su segunda unión con un empresario de nombre Reinhold Cassirer, también judío, refugiado de la Alemania nazi, coincidiría, cosa curiosa, con la publicación de su primera novela, en 1953, Los días mentirosos. Tiene una hija y un hijo de cada unión.
Imposible no relacionar a la autora con la joven Helen Shaw, protagonista de Los días mentirosos —“La primer novela siempre será autobiográfica”—, una bildungsroman que, junto con la historia de una jovencita de Transvaal que poco a poco se libera de un entorno opresivo, abre los ojos… se abren tanto los de la protagonista como los del lector, a las atrocidades que se perpetran en su país y llevan a Helen a involucrarse en movimientos rebeldes que pugnan por la institución de los derechos elementales para los afrikaner. Algo semejante ocurrirá con Toby, la heroína de A World of strangers (1958), que llega a una Sudáfrica sacudida por las atrocidades del apartheid. “La violencia –escribe en Un arma en casa –es el infierno común a todos los que están asociados con ella”
En 1956, a los treinta y tres años publica su más importante colección de relatos, La suave voz de la serpiente, a la que seguiría el también libro de relatos Seis pies de tierra. En 1960 obtendría el Premio W.H Smith and Son con los relatos de La huella de Viernes. En sus cuentos, Nadine va más allá de plasmar la vida cotidiana en Sudáfrica, cosa que por cierto hace espléndidamente y, como en sus novelas, recrea las tensiones entre blancos y negros durante el apartheid, lo que habría de ponerla en la mira de la censura oficial. Por lo menos dos de sus libros fueron prohibidos en Sudáfrica: Ocasión de amar (1963), historia de amor entre un pintor negro y una joven blanca, y El último burgués (1966). Lo importante, lo digno de admirarse, es que en todo momento haya escrito como si no existiera la censura. Nadine ha inmortalizado la cara más deleznable de la historia de su país: el racismo. Desde su primero hasta su último libro, el motor de su escritura ha sido la indignación hacia un sistema que esclaviza a la gente de color, lo cual no significa que sean estos víctimas permanentes de su narrativa, como sucede en la extraordinaria novela La historia de mi hijo (1991), donde el adulterio de un respetable páter familia negro, sorprendido in fraganti por su hijo, desencadena una tragedia familiar. Esta novela retrata a una familia negra que empieza a tener ciertos privilegios de blancos, narrado desde el punto de vista de un joven de color: “(…) era una doble libertad que me tomaba: evadirme al estudio y sentarme en la butaca marrón de terciopelo en un cine de un barrio donde vivían blancos (…) Nadie había tomado nota de dónde vinieron su bisabuelo o su abuelo: las manos rugosas de aquellas generaciones no escribían cartas ni guardaban apuntes (…)” (Norma Literatura, Bogotá, 1991, traducción de Hernando Valencia Goelkel). Casi al tiempo de publicar este libro, obtendría Nadine el Premio Nóbel de Literatura: “Debemos buscar el sentido –señala la autora-, la misma búsqueda de sentido que cometen esos actos violentos, la misma búsqueda de sentido que llevan a cabo aquellos que fueron víctimas.” El artista, para Nadine Gordimer, es un ser eminentemente político porque está siempre pendiente de lo que ocurre en el mundo y no puede (ni quiere) evitar ser moldeado por esos acontecimientos.
Si bien la literatura de Nadine es un reflejo de la vergonzante división racial que estigmatiza a sus connacionales, fue ella quien profetizó el radical cambio de esa sociedad en la asombrosa novela Un invitado de honor (TusQuets, 1988, traducción de Esteban Riambau), publicada originalmente en 1970, época muy anterior a la ascensión del primer presidente negro en la historia de Sudáfrica, Nelson Mandela. El personaje del presidente Adam Mweta, incluso, está claramente inspirado en el entonces preso político Nelson Mandela. Este perturbador fragmento describe nítidamente un porvenir que parecía imposible: “Ellos (los blancos) saben todos que al finalizar el año trabajarán por contrato, y eso quiere decir que serán sustituidos dentro de tres años. Y es que ellos nunca se han esforzado. Han conservado el empleo durante todos estos años, ¿qué quiere? No se necesitaban ideas, no era preciso moverse de la silla; bastaba con seguir emitiendo un sonido a partir de la caja mágica para mantener quietos a los nativos... y ahora, bum, todo ha desaparecido, incluso el único incentivo que tenían: su pensión. Son un espectáculo patético, amigo mío, y es poco lo que tienen para ofrecer cuando buscan empleo en la BBC. No van a encontrar ni uno. Quieren marcharse, ansían hacerlo. Cualquiera es capaz de ver que no pueden resistir verles las caras cuando trabajan con ellos (con los negros), la situación así no es muy agradable, como puede imaginar.” (p. 35). Señala Nadine en entrevista con José Gordon y Guadalupe Alonso: “Creo que fue Goethe quien lo dijo, y lo estoy parafraseando: donde quiera que vivas, en toda sociedad, cierras los ojos, sumerges la mano en lo profundo de esa cultura y de lo que extraes tal vez obtienes un gran de verdad (...) todo lo que podemos obtener, si somos escritores honestos, es un grano de verdad.”
La narrativa de Nadine está signada por esa imposibilidad de penetrar en los demás y en uno mismo. Ella misma no tiene idea de lo que albergan sus personajes, que nunca dejarán ver más allá de lo que ellos quieran, que puede ser mucho —como Rosa Burger— pero nunca, nunca suficiente. La justicia será un concepto harto subjetivo, por tanto, los luchadores sociales no serán necesariamente simpáticos o dignos de emular. Lo vemos no sólo en Burger, también en la insaciable Vera Stark, protagonista de Nadie que me acompañe (1994). ¿Hasta qué punto, parece ser la pregunta implícita en la obra de Nadine, se lucha por el bienestar del prójimo y no por vanidad? Luchadora social ella misma, no puede evitar ser pragmática, no obstante el amor y la pasión sean parte fundamental de su discurso, sobrio que no contenido. “Yo soy africana –ha dicho, apasionadamente – y el color de la piel no importa.” Vale la pena recordar que Nadine formó parte del ANC (Congreso Nacional Africano), cuando dicha organización era aún ilegal, además de ser la más querida amiga de Nelson Mandela. La mayor parte de las relaciones amorosas en la novelística de Nadine Gordimer serán peligrosas, inadecuadas, cuando no imposibles, aún dentro del matrimonio (la esposa de Burger le ama sin esperanza durante toda su vida), y si bien las diferencias ideológicas, religiosas o raciales parecen irreconciliables, el amor, parece decirnos Nadine, es justamente eso: la suma de las diferencias. Y entre más abismal la diferencia, más intensa la pasión. Consciente de su propia diferencia, que empieza por el hecho de pertenecer a una minoría blanca, minoría represora para colmo, Nadine Gordimer se esfuerza por entender al otro, por meterse en su piel, por mirar a través de sus ojos, por experimentar su dolor, por apropiarse de su rabia, de ahí novelas tan excelentemente logradas como la breve pero muy intensa La gente de July (Grijalbo, 1990, traducción de Laura Freixas), donde los blancos pasan a ser los perseguidos, aunque auxiliados por unos agradecidos criados negros.
Otra de sus más impactantes novelas lo es sin duda Un arma en casa (Byblos, Barcelona, 2006, traducción de Carmen Franci Ventosa) que, ante todo, plantea la pavorosa posibilidad de que unos padres no conozcan la verdadera personalidad de su hijo, sino hasta que este asesina a un amigo. Pero la cosa no termina en la búsqueda de un abogado que demuestre la improbable inocencia de Duncan, hijo de Claudia y Harald (ella doctora, él empresario), pues el hecho criminal descubre aspectos de la personalidad de Duncan que van más allá de un instinto criminal nunca detectado. Duncan, arquitecto de veintisiete años, ha ocultado a sus padres la parte esencial de su personalidad: “(…) La gente ambiciona que sus hijos lleguen más lejos de lo que ellos han llegado; el suyo ha hecho de este propósito un horror.” (p. 143).
El desvelamiento de la verdadera personalidad de Duncan, sin embargo, es apenas un aspecto de la novela. Está también la inquietante presencia de Hamilton Motsamai, al parecer, único abogado capaz de liberar a Duncan… un abogado negro. Pese a mantener una actitud más bien neutral respecto a la segregación racial de Sudáfrica, Claudia y Harald Lindgard se llenan de inquietud ante el hecho de que sea un hombre de color quien asuma la defensa de Duncan, aunque todo parece indicar que solo Motsamai puede salvarlo, que sólo él cuenta con los subterfugios necesarios, con el talento, pues… aunque contratar a un profesionista negro es del todo novedoso, cuando no hacía mucho se ponía en duda la capacidad intelectual de los negros. El roce con el imponente abogado, que se vuelve cotidiano, los lleva a reflexionar sobre su posición ante el conflicto político, y si bien la certeza de que jamás han atentado contra la integridad de ningún negro tranquiliza su conciencia, no logran escapar a sus prejuicios: “Ella (Claudia) no era de esos médicos que, en su trabajo, tocan la piel negra igual que la blanca pero conservan prejuicios liberales contra la capacidad intelectual de los negros. No obstante, ahora sí se lo plantea, y él también; en el lodo en que ahora se ahogan, donde se ha cometido el crimen, los viejos prejuicios todavía reptan hacia la superficie (…)” (p. 51)
El abogado, por su parte, está lleno de prejuicios contra los blancos y las mujeres. Prejuicios, no necesariamente odio –Motsamai se nos presenta demasiado pagado de sí mismo, muy vuelta en todo para suponer que alberga odios-, quizá no otros sino los mismos que otros han manifestado hacia él. Motsamai concluye, casi en el acto, que lo que impulsó a Duncan a jalar el gatillo contra su amigo fue un lío de faldas. Aparentemente no se equivoca pues, en efecto, la novia de Duncan, Natalie, fue sorprendida por éste mientras follaba con quien sería su víctima: “(…) Con las mujeres, ya sabes lo que pasa: son muy astutas. Y ella empieza a chorrear encanto como si fuera un grifo cuando se siente acorralada. Tengo que dirigirla con paciencia, sin que se dé cuenta, para que se condene mientras cree que está hablándome de él. Hay que saber tratar a estas mujeres (…)” (p. 101).
Naturalmente, como en toda novela de Nadine Gordimer, las cosas son más complejas de lo que parecen. En el vasto y prolijo mundo narrativo de esta autora, un asesinato por celos parece improbable por banal. Las relaciones humanas en el contexto de una Sudáfrica inmersa en vendettas, en crímenes recitados junto con el reporte del clima, en intercambios de balas entre taxistas y pasajeros y riñas mortales en las discotecas, suelen estar por encima de la vanidad y del amor. Lo político, lo identitario: profunda herida colectiva que se impone a cualquier baja, vulgar pasión: “(…) esta utilización del nombre de pila de un hombre negro no es un signo de igualdad, eso no basta, sino señal de aceptación, de que él te da permiso para que accedas a su poder sin sentirte intimidado (…)” (Un arma en casa, p. 121)
Nadine Gordimer ha recibido un total de catorce títulos honorarios en las universidades de Yale, Harvard, Columbia, York y Cambridge (Inglaterra), entre otras, así como once premios literarios. Contrario al otro sudafricano laureado con el Nóbel en 2003, J.M Coetzee, que se retiró a vivir a Australia, Nadine sigue viviendo en Sudáfrica, en su antigua casa de Parktown, donde sufriera un asalto en octubre de 2006, que, por fortuna, no pasó del susto: “Cuando un escritor marcha al exilio –ha dicho la autora- pierde su lugar en el mundo” Sigue siendo, además, presidenta del Pen Club Internacional, organización formada un año antes de que Nadine naciera: 1922. Su más reciente novela es Atrapa la vida (2005).
Lo descarado y lo oculto
La escritura de Mónica Lavín es un bordado. Sobrio y preciso. He de reconocerlo, yo, que le huyo como a la peste a cualquier asociación entre escritura femenina y labor de costura, pues, para empezar, hay quienes no sabemos pegar un botón. Pero en el caso de Mónica no queda más remedio… presiento, además, que ella sí sabe bordar-bordar… que ha de hacerlo como un ángel, en el supuesto de que los ángeles borden.
Así entonces, más que escribir, Mónica Lavín borda las más alucinantes historias alrededor de los personajes, circunstancias y actividades más cotidianas, a veces vulgares, haciéndolos pasar por anómalos y atípicos. ¿Cómo es, por ejemplo, que consigue conmovernos, de manera profunda, con lo que pareciera el patetismo de una empleada de baños públicos (“ese mirador de necesidades y desagüe universal de porquería”), que de pronto es contratada como modelo? ¿Cómo lograr que la pasión transforme una tarde común de comida corrida y vuelta a la oficina? Como apunta la misma Mónica en Leo, luego escribo (Lectorum, México, 2006), el acto de narrar, en su caso, equivale a seducir, y, agregaría yo, hipnotizar: “(…) Si algo me seduce y me interesa del cuento es su relación con la imagen, su capacidad de detenerla, de regodearse en ella, de disecarla (…)” (p. 49).
Cuando Mónica afirma que espera que sus personajes se parezcan solo a sí mismos y a nadie más, está siendo honesta. Imposible, o casi, vincularla con ellos. Nacida el 22 de agosto de 1955, en “la ciudad que cansaba solo de verla”, México, D.F, Mónica es pulcra y elegante, sencilla como es la elegancia nata. La desenvoltura de sus ademanes es matizada con su voz insospechadamente grave para su frágil esbeltez. Al tiempo que charla, sus bellas manos bordan en el aire… escriben. Tocan. Nada que ver con las damas de opulentos pechos de Café cortado; o con las camareras, empleadas, secretarias, funcionarios, corre-ve-y-diles, doncellas e indigentes que pueblan su cuentística: “Chéjov me enseñó a sentir curiosidad por los personajes que no están en el centro. Lo silencioso me interesa”, me revela Mónica.
Es posible intuir en ella una simpatía rayana en la ternura por el burócrata que de pronto empieza a recibir anónimos de amor en “La carta”. Imposible, sin embargo, visualizarla mientras apalea a un gato, como la quisquillosa protagonista de “Ojos amarillos”, mucho menos resignándose a la invasión de su intimidad por parte de la parentela de una criada enferma. Mónica aparenta más firmeza de carácter que la bonachona solterona de “Intromisión”, y además es casada. Las que más se le parecen son las niñas, que en su narrativa abundan. Por ejemplo, “Nicolasa y los encajes”, relato que da nombre al libro que recoge los cuentos antes citados (Lecotrum, Col. Marea alta, México, 1999), y que Mónica reconoce como el más suyo pues su descubrimiento del baúl repleto de preciosos encajes es simultáneo al descubrimiento de la literatura: “La niña del barco, que ya no era niña, solía contemplarlo a solas y mostrarlo con orgullo como una melancólica acta de procedencia. Detenía un largo rato el encaje entre sus manos espiándole, entre las mariposas y la cenefa ondulada, una historia escondida (…)” (p. 72)
Se le parece también a la etérea Margarita de brillante pelo del bello relato “Una virgen azul”, incluida en el mismo libro, obsesionada por la belleza de una virgen de yeso cuya contemplación se le vuelve adictiva, al grado de orillarla a decir sus primeras mentiras en casa, las que hubieran correspondido al primer noviete –y termina de darle un cariz inquietantemente sexual al asunto-, y escaparse de la escuela para recluirse en la iglesia donde la magnánima Señora la espera: “(…) Qué diferente a la oscuridad de la catedral, al miedo que le daba el hombre triste con sangre en las manos.” (p.p 56 y 57).
Lo que se parece a Mónica, y mucho, es su prosa que podría recibir los mismos adjetivos que su persona: pulcra, elegante, desenvuelta, delicada… lo sigue siendo aún cuando penetra territorios sórdidos… incluso pornográficos: “(…) Sus nalgas se abrieron ofreciendo su redonda superficie y la negrura húmeda de su raja. La penetró como sabía hacerlo con la ternera (…)” (Café cortado, Plaza & Janés, 2001, p. 69). Nunca inverosímil. Nunca artificiosa ni superficial. Cada relato, cada novela de Mónica Lavín es un bordado fino de costuras invisibles. Nada que sobre, nada que falte. Tan diestra con el hilván como con la tijera. Las historias van deshilándose lenta, muy lenta y cadenciosamente. Casi se escucha el tac-tac de la máquina de costura: “Me gusta la mañana y el silencio. Anteponerme a las interrupciones. Me gusta no haber ocupado mi cabeza en otras cosas. Ser toda para el texto. Necesito café y música clásica (Rachmáninov, Tartini, Brahms, Dvorak, Fauré); instrumentos como el cello o el oboe son los que mejor me acompañan, aunque luego, si estoy muy picada, no me doy cuenta que ha dejado de sonar. Necesito la soledad. Alguna postal o ilustración o recorte que tenga que ver con la novela que escribo a la vista.” Mónica Lavín se deshila junto con su escritura, hasta fundirse con el texto e integrarse al lenguaje: desaparecer. No es ella quien toma apuntes, diría uno de sus personajes, sino los apuntes quienes la toman.
Si bien Mónica debutó como escritora a los treinta años con el libro Cuentos de desencuentro y otros, empezó a escribir a los trece textos que denominaba “novelas” en libretas Scribe y cuyas protagonistas eran chicas de su misma edad. Pero como suele suceder, no sabía qué hacer, además de escribir, para ser escritora. Para cuando publicó aquel primer libro, se había graduado ya como bióloga, aunque muchas veces estuvo a punto de desertar. Alternó estos estudios con su puntual asistencia al taller de Mempo Gardinelli que, a decir de la propia Mónica, “me ayudó a creerme escritora”. La afición a la lectura la había raptado también, desde mucho antes: Carson McCullers, Faulkner, Chejov, Ian Mc Ewan, Capote, Flaubert y Mercé Rodoreda… particularmente los dos últimos: “(…) Ser lector es un acto poderoso. Nos volvemos dadores de vida.” (Leo, luego escribo, p. 54); dicho con las palabras de la protagonista de “Los diarios del cazador”, “La lectura le permitía inventar al personaje a su capricho (…)” (Los diarios del cazador y otros, Centena narrativa, Aldus, CONACULTA, 2004, p. 21).
Mónica se graduó, finalmente, como bióloga, quizá porque, como Diego, el narrador de Café cortado, “(…) supuso que leer era un privilegio que no se podía seguir dando y escribir, una locura que se le pasaría (…)”. Ya para su segundo libro, Nicolasa y los encajes, originalmente publicado por Joaquín Mortiz en 1991, Mónica se había decidido por la escritura. En 1998 obtendría el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen con su más entrañable libro de cuentos –aunque, en lo personal, Mónica prefiere Uno no sabe cuentos (Plaza & Janés, 2003)- Ruby Tuesday no ha muerto, cuyo eje son las canciones de los Rolling Stones. Con la novela Café cortado, que considera su novela mejor lograda, gana en el 2001 el Premio Colima para obra publicada. Esta obra, como veremos más adelante, concentra prácticamente todos los rasgos distintivos de la prosa de Mónica Lavín. Ahí, como en ningún otro relato o novela palpita el elemento inquietante, “el engendro”.
Ya en Tonada de un viejo amor (Selector, Col. Aura, 1996), aborda Mónica un tema espinoso, poco frecuentado en las letras mexicanas: la relación incestuosa entre una sobrina y su tío, quienes, lejos de sentirse inhibidos por la culpa, se la pasan buscando recovecos y callejones óptimos para la forma de sus cuerpos. Aquí, el lenguaje de la autora alcanza una ríspida sensualidad, cercana a la melancolía que asimila la música del sax, instrumento que tiene, dentro de la historia, una relevancia fetichista. Parece broma, sin embargo, que tan ardiente novela tenga su origen, según cuenta Mónica, en una estampa de un pueblo de Coahuila, una pareja de viejos saliendo del olvidado cascarón que todavía presenta huellas de la señorial mansión que fuera… lo mismo que sus habitantes: “(…) Sospeché un cuento que luego se volvió novela, y que ahora supongo sucedió porque la imagen despertaba muchas preguntas, muchas más que la que una sola situación que compete al cuento, me permitía responder (…)” (Leo, luego…p.p 50 y 51).
Café cortado tiene también su origen en un intento por responderse preguntas que, finalmente, se pierden en más y más dudas. En este caso, dudas de carácter íntimo: una indagación en el asesinato de su abuelo materno que, como Miguel Islas, era un inmigrante español que vivió en Tapachula, Chiapas, donde, en efecto, es propietario de una hacienda cafetalera llamada El Charro. En esta novela asistimos a un crimen que, contario a lo que se proponía Mónica (misterios de este oficio), pasa a un segundo término. Resulta, entonces, que en Café cortado, todos y ningún personaje son los protagonistas.
Como Diego, quien pretendía resolver un asunto de negocios y termina escribiendo una novela, Mónica debe haberse internado en polvorientos archivos aunque, en el caso de la escritora, lo que buscaba era la pista del asesinato de su abuelo, acaecido en 1929. Tanto en el caso de Diego, como en el de Mónica, la necesidad por desentrañar la identidad del asesino termina siendo eclipsada por una dedicatoria que figura en todas las columnas de un periodista de la época, que es la postrevolucionaria en México: “Para Ángela”. De pronto, prefigurar a la mujer que motivó tal obsesión en un hombre de notables talento y sensibilidad, acapara la imaginación, tanto la del narrador como la de su autora, quien convierte a Ángela en la prometida de Miguel Islas que permanece en España mientras su novio hace fortuna en la América. Mientras aguarda la señal para remontarse a un salvaje lugar del otro lado del mundo donde se cree esperada y necesaria, Ángela acude Fermín, un periodista, para que le hable sobre la situación de aquel país y tantear las posibilidades de que su amado Miguel sobreviva. Tras la primera conversación surge entre ellos, la joven y el periodista una amistad… una atracción: “(…) Mientras sucedía esa transformación en hombre enamorado, él notaba las uñas de sus dedos siempre limpias, el teclado de su máquina mucho más luminoso, porque Ángela se había filtrado no solo entre sus sábanas y secretas fantasías, no sólo en la extensa playa por la que caminaron, sino allí en sus horas de oficina, entre las líneas de sus textos (…)”.
En medio de una historia donde predominan los hombres machistas, incluido el propio narrador, Fermín, que por poco es un personaje incidental, se crece en su amor no solo por Ángela sino por el sexo femenino. Y con amor intentó decir fascinación y respeto… emociones que, incluso hoy, difícilmente albergaría un hombre. Ya desde antes de conocer a Ángela, Fermín sigue minuciosamente los avances del feminismo en Europa. Es el único varón que escribe sobre las sufragistas en México, particular sobre el caso de Emeline Pankhurst, sin mofa, más bien, con esperanza de que alcance la meta. Ángela que como casi toda mujer de su tiempo no alberga, no superficialmente al menos, ningún talento en especial, nada fuera de serie, quiero decir, conquista a Fermín con la seguridad y firmeza con que se le planta en la redacción del periódico, en la época en que en las redacciones de los periódicos sobrenadaba la testosterona, con esa chispa inteligente en la mirada: “(…) Qué torpe, no darse cuenta de que la traían asuntos del corazón, ahora sabía que son las únicas que orillan al atrevimiento (..)” (p. 287).
Ángela, finalmente, actuará según se espera actúe una mujer habituada a la obediencia. Aún enamorada de Fermín, que por cierto no tiene la menor intención de ser su dueño sino solo su par, Ángela ha de partir rumbo a México, por no faltar al compromiso con el hombre que ya le ha acariciado los senos y asumir su papel como señora de El Chorro. Se casará con Miguel, quien también se ha enamorado de otra, de Ingrid, la hija de su socio alemán. Además de amarla, un matrimonio con Ingrid le sería de sumo provecho a Miguel en el terreno de los negocios… pero para cuando se da cuenta de ello, ya Ángela surca el océano para cruzar el continente. Como en la vida real, en Café cortado nada es predecible y se suscitan una serie de accidentes y malos entendidos que producen la infelicidad de quienes prácticamente la tenían ya entre manos. Y del mismo modo que el lector se topa con un hombre excepcional como Fermín, topará con otro absolutamente despreciable como Chabelo, el capataz de Miguel, que además de negar su parte indígena y patea a los indios a su servicio, niega su bisexualidad y se entretiene violando indias: “(…) Motozintla mascaba la mitad del camino entre la airosa Comitán y la cálida Tapachula. En el infierno tal vez todo era mitad del camino, se podría ser hombre y mujer (…)” (p. 89).
Mónica se declara cuentista antes que novelista, aunque empezó escribiendo novela. El género, declara, es un género que le fascina y no piensa abandonar tampoco. Pero también seguirá escribiendo novelas. Por lo pronto, escribe una novela que ocurre en el mundo novo-hispano.

Algunos relatos de Mónica Lavín:
Lee Los jueves, aquí
Lee Secreto a voces, aquí
Lee Punto y coma, aquí
Página de Mónica Lavín, aquí
Otra (pírrica) victoria de la envidia
…Así entre los hombres el amor ocasiona un conocimiento de sí mismo.L.L
¿Cómo es posible que la máxima apologista de la locura, la que hizo de ella la más divertida de las diosas, se haya rehusado a ser acogida por ella? ¿Por qué, a fin de cuentas, Louise Labé hizo más caso de Cordura (que difícilmente podría haber alcanzado rango de diosa, aunque sea talón de Aquiles de Locura) e hizo lo que los demás esperaban que hiciera, es decir, abandonar la escritura y retirarse de la vida pública?
¿Por qué, Locura, abandonaste a la más bella de tus hijas?
Louise Labé Charlin Perrin debió pasar a la historia como autora de uno de los más originales textos dramáticos del Renacimiento (época en la que, por cierto, genios abundan) y como la dueña de una retórica de impresionante belleza, pulcritud y sabiduría. Pero no… ¡hasta Simone de Beauvoir cometió el error de citarla como ejemplo de liberalidad femenina! Si la dama en cuestión tuvo el mal gusto de dispensar sus favores al poeta Oliver de Magny (1529-1561), que en Ode á sire aymon se regodea en detalles íntimos y ridiculizar al “cornudo”, esposo de su supuesta amante, es algo que Simone debió pasar por alto. Lo relevante de la biografía de Louise Labé es su obra poética y su excepcional condición de letrada en el Renacimiento francés en el que, hay que aclarar, no existía la liberalidad para con las mujeres que en Italia, donde un devaneo como el atribuido a Louise no habría causado mayor problema.
Al contrario del poeta que la destrozó, no obstante ser un poeta menor, no existe certeza del año de nacimiento de Louise Labé: pudo haber sido entre 1520 y 1526. Hay quienes lo ubican en 1525. Los hados fueron benignos al hacerla llegar al seno de una acaudalada familia de Lyon cuyo patriarca, de nombre Pierre Charlin, era fabricante de cordeles, de ahí que a Louise se le conociera como “la bella cordelera”. La única desgracia que ensombreció su infancia, fue la prematura muerte de su madre, Roybet Etienette. A la muchachita de pelo rojizo, poseedora de una extraordinaria belleza que, aunada a su dote, habría bastado para resolverle el futuro, se la proveyó, además, de una esmerada educación en más de un sentido. No solo accedió a la práctica y el conocimiento de la ciencia y la literatura, sino que, junto con sus hermanos varones, aprendió a montar y a manipular armas, algo definitivamente transgresor para la época. Se dice, incluso, aunque no está comprobado, que llegó a participar en torneos con atavíos masculinos. No se libraría, sin embargo, de casarse con el hombre que su padre eligió para ella: otro rico cordelero que la aventajaba por varios años, de nombre Ennemond Perrin. No existen evidencias de que la joven hubiera sido desdichada en su matrimonio, antes bien, se sabe que su esposo le permitió transformar la sala de su casa en un salón literario al que acudirían los más notables poetas del momento, incluyendo damas como Pernette du Guillet, Claudine y Sybille Scéve y Clémence de Bourges. Al no realizarse nunca en la maternidad y ser inmensamente rica, Louise consagró su tiempo a cultivar la lectura y la escritura, amén de presidir las veladas literarias en la sala de su casa. Ella hizo de París segundo centro de la cultura francesa, después de París.
Contando alrededor de treinta años, se decide a someter su obra al escrutinio real. Francisco I era un rey que amaba el arte al grado de hacer traducir al francés los más grandes filósofos griegos. Esto sin contar su famosa debilidad por las mujeres bellas y refinadas. Difícilmente habría desautorizado la publicación de los Oeuvres de Louise Labé, Lionnaise, que salió a la luz en 1555 y alcanzó una segunda y hasta una tercera edición. No faltó quien se escandalizara ante la audacia de la poeta, no tanto por el contenido de la obra (políticamente correcta, no obstante resultar revolucionario en algunos aspectos, particularmente estilísticos), sino por la declaración de independencia física, moral e intelectual que representaba la publicación de un libro escrito por una mujer, para colmo, hermosa. No faltaron tampoco los envidiosos varones que se sintieran rebasados por el talento de la dama, ni los pretendientes despechados, como se cree son los casos de de Magny y el también poeta Claude Rubys (por quien, se dijo, cambió Louise a de Magny), que se encargaron de cubrir de inmundicia la reputación moral de la Bella Cordelera. Tres años después de publicado su libro, la autora, agobiada por las habladurías y el rechazo de los mismos que alguna vez dijeron respetarla y admirarla, y al poco de la muerte de su esposo, se retiró a su propiedad campestre de Parcieux en Dambes, donde se autoexilió hasta el día de su muerte, el 25 de abril de 1566, cuando sucumbe a la epidemia de peste. Dispuso que su fortuna se repartiera entre los pobres de Lyon. Dicho testamento, donde funge como testigo su único amigo fiel, el banquero florentino Tomás Fortín, existe aún. La obra total de la malograda poeta consta de tres elegías, veinticuatro sonetos y Debate de locura y amor.

¿Por qué, insisto, cedió Louise tan fácilmente a la presión social y abandonó la escritura? ¿Cómo pudo un simple rumor cancelar la vocación y alegría de una mujer que siempre exhibió un temperamento fuerte? Afirmar que fue cobarde sería juzgarla demasiado a la ligera, más aún, teniendo en cuenta que es muy poco lo que se sabe sobre su vida. Cierto: su momento histórico no la favorecía en lo absoluto, pero tenía de su parte la simpatía de un rey que, por si fuera poco, le tenía una especial simpatía. ¿Por qué deponer las armas sin más? Por ahora, lo único que nos queda es analizar el legado poético de esta autora.
El debate de locura y amor revela no solo a una mujer de cultura vastísima, sino también observadora y reflexiva respecto a dos asuntos que solían tomarse a la ligera: la locura y el amor. No se refiere, por supuesto, a la pasión sexual en la que tendemos fusionar locura y amor, sino que expone a ambos por separado, enfrentados, recurriendo a argumentaciones que hoy podríamos denominar psicológicas, no obstante que en tiempos de Louise Freud todavía estaba distante. De alguna manera, Louise contribuye a descalificar una serie de mitos muy promovidos por entonces. Asimismo, al caracterizar a Amor y a Locura con sexo masculino y femenino, respectivamente, simboliza las diferencias ancestrales entre hombres y mujeres.
Empecemos por la dedicatoria, que puede resultar útil para descifrar algo sobre el carácter de la autora, quien prefiere dedicársela a su amiga, mademoiselle Clémence de Bourges, que al mismísimo Rey Francisco, quien, supongo, a juzgar por su inteligencia, debió sentir mayor respeto por la escritora. La Epístola con que abre el debate, dirigida a la amiga en quien se inspiró para disertar sobre el amor y la locura, hace alusión a la necesidad de la solidaridad femenina y de una mutua comprensión que genera complicidad: “Puesto que ha llegado el tiempo en que las severas leyes de los hombres ya no impiden que las mujeres se dediquen a las ciencias y a las artes, me parece que las que gozan de comodidad para hacerlo, deben emplear esta honesta libertad, tan deseada antiguamente por nuestro sexo, para aprenderlas y demostrar a los hombres al daño que nos hacían al privarnos del bien y del honor que ellas podían procurarnos (…)”
Más adelante, Louise menciona sus propios estudios y el deseo que desde niña alberga, quizá al permitírsele medir sus fuerzas con las de sus hermanos varones, de demostrar que las mujeres están dotadas de las mismas capacidades de los hombres, por lo que “(…) no me queda sino rogar a las virtuosas damas que eleven un poco su espíritu por encima de sus ruecas y de sus husos y se empeñen en hacer comprender al mundo que, si bien no estamos hechas para mandar, tampoco aquellos que gobiernan o se hacen obedecer deben desdeñarnos como compañeras, tanto en los asuntos domésticos como en los públicos.” A continuación aporta algo que, algunos siglos más tarde, fundamentaría el feminismo humanista que hace hincapié en la necesidad de que los hombres se concienticen respecto a que no son solo las mujeres quienes recogen los beneficios de tal lucha, sino también ellos al permitírseles asumir su condición humana y, por ende, tan vulnerable y perfectible como la de las propias mujeres: “(…)los hombres estudiarán con mayor ahínco las ciencias virtuosas por temor a la vergüenza de verse superados por aquéllas ante las cuales siempre se consideraron superiores casi en todo (…)” Por otro lado pide a las mujeres reflexionar sobre el placer y el honor que procura el estudio por sobre goces mundanos y efímeros: “(…) el estudio produce una satisfacción personal que dura más largo tiempo.”
Independientemente de que poco importa si Louise fue o no adultera –siendo contemporánea de otras damas en quienes se escatiman virtudes para resaltar vicios como Margot Valois, resulta ridículo continuar condenándola por una hipotética “cana al aire”- tales líneas evidencian no a una viciosa sino a una dama harto lúcida y más interesada en el lado espiritual del amor; un alma sensible y erudita, además de adelantada a su época.
Cabe aclarar que no solo es en los preceptos del feminismo que la poeta se adelanta: algunos estudiosos consideran que esto que Louise denominó diálogo, es en realidad una obra dramática que si bien remite a géneros teatrales medievales, nombrados en el diálogo mismo, representa un hito en el teatro moderno francés por la agilidad que confiere a los actores y la locuacidad del discurso. Es harto probable que esta dama, a todas luces conocedora de Aristóteles, haya conocido la obra de Erasmo de Rotterdam, quien unge diosa a Locura, aunque Louise invierte las características negativas de la misma para mostrarla como una rebelde reacia a los convencionalismos. Para hacerse oír, tras padecer las humillaciones de Amor, Locura hace a este caer en una trampa y le venda los ojos para siempre. Hay, en la disputa que abre la obra, algo que remite a la llamada guerra entre los sexos: Amor y Locura llegan retrasados a un banquete del dios Jupiter y Locura pretende entrar antes que Amor, lo que origina una riña que concluye con Amor vendado: “(…) Soy diosa, como tú eres dios. Mi nombre es Locura. Soy la que te engrandece y te empequeñece a su antojo (…) si de eso resulta alguna extraña aventura o un gran afecto, tú nada tienes que ver, el honor es sólo mío. Tú no posees sino el corazón, yo gobierno lo demás (…)” (p.p 51 y 53, UAM, Colección Molinos de viento, No. 42, México, 1985, introducción, traducción y notas de Ana Peyrelongue). Locura se encarga de hacernos ver el papel que juega la razón o ausencia de ella en todo enamoramiento.
La diosa Venus, indignada por la afrenta contra su hijo, exige un juicio contra Locura en el que fungirán Apolo como fiscal y Júpiter como defensor de la acusada. Apolo empieza por exigir se le ordene a Locura mantenerse apartada cien pasos a la redonda de Amor. Entre otras cosas, Apolo alude al carácter intelectual y artístico de los enamorados que en Amor encuentran su fuente de inspiración. Con palabras tiernas pero impregnadas de sabiduría, que pudieran ser las de la propia autora, señala Júpiter que no existe mayor placer, después del amor, que hablar de él… y Louise Labé pudo haber agregado: “y escribir sobre él”: “(…) los hombres apenas empiezan a enamorarse escriben versos y los que fueron excelentes poetas o llenaron sus libros, aún tomando otros temas, no se atrevieron a terminar su obra sin mencionarlo con honores. Orfeo, Museo, Homero, Linos, Alcco, Safo y otros poetas y filósofos como Platón y el que recibió el nombre de sabio y expresó en forma de idilios sus más elevadas concepciones (…) Solo la pasión hizo que Petrarca en su lengua se aproximara a la gloria de aquél que representó todas las pasiones, costumbres, estilos y caracteres de todos los hombres que es Homero (…)” (p.p 95, 96 y 97).
El elogio a Amor va, como hemos visto, más allá del lugar común de aquella época galante… todavía más cuando llega el turno de Júpiter de demostrar que Amor, por sí mismo, no puede influir sobre la humanidad… que no sería lo que es sin la intervención de Locura. En esta obra, Locura representa un carácter tan positivo como el de Amor. No maldición, mucho menos enfermedad. Locura es el toque que impulsa al amante y al genio a lograr sus objetivos, a ejecutar las más inolvidables hazañas. ¿Se advierte mayor vehemencia en la defensa de Locura, atribuida a Júpiter, que en la reivindicación de Amor hecha por Apolo?: “(…) Pónganme en el mundo a un hombre que, totalmente cuerdo a un lado y un loco al otro y observad cual de los dos será más estimado (…) el cuerdo se hará de rogar y se quedará con su cordura sin que lo llamen a gobernar las ciudades, sin que se le pida consejo, preferiría escuchar, ir pausadamente donde se le llame; y se necesita gente lista y diligente aunque se equivoque pero que no se queden a medio camino (…) por un hombre cuerdo del cual se hable en el mundo, habrá diez millones que gozarán del favor popular.” (p.p 11 y 12).
Ninguna razón es puesta a prueba, desafiada a materializarse, sin el toque de Locura. Cordura, por otra parte, no es lo opuesto de Locura sino su disfraz. El cuerdo, en cierta forma, está loco: ¿qué clase de loco consentiría en sustraerse al maravillamiento perpetuo en que sume Locura? Al vendarle los ojos a Amor, Locura favorece a los indignos de la flecha de Cupido: los feos y feas, los ancianos y ancianas, los tontos y malvados, a quienes probablemente baste descubrir a Amor para dejar salir dones recónditos. Amor, provisto de bellísima mirada, no se ocupa en la felicidad de los demás, sino en su propio regodeo, su, llamémosle, voyeurismo; espectador anhelante de la abrupta unión de cuerpos bellos y jóvenes. Sus flechas ciegas contribuyen mejor al delicioso desorden del mundo, a equilibrar un poco la injusta naturaleza… sin Locura, el mundo sería un escenario de marionetas de los dioses: “(…) llegado el caso, Amor se consumiría por sí mismo, puesto que es el amante y el amado confundidos (…) Ignorancia, Negligencia, Esperanza y Ceguera (…) son todas las doncellas que habitualmente acompañan a Locura. Quédate en paz entonces, Amor, y no vengas a romper la antigua alianza (…)” (p.p 132 y 133).
Border baby
¿Dónde guardo la presión en el trabajo, las muertes de migrantes, la mujer de la maquila? ¡Ya no caben con las Barbies!R.S
Regina Swain es, probablemente, la autora mexicana que más se interesó por explicar los motivos de su propia generación, que es nada menos que la famosa Generación X, bautizada así por el novelista canadiense Douglas Coupland a través de la novela asimismo titulada. Dicha generación, en la que Coupland situó a los nacidos entre 1965 y 1977, carecía de nombre antes de que este irreverente joven que contaba 28 años al momento de escribir su hoy legendaria novela, llegara a pintarle una X en la frente. Muchos se rehusaron a reconocerse en esa equis que simboliza el vacío, el limbo, la nada, pero Regina se buscó ansiosa entre aquellas líneas hasta que, como en alguna novela de Isaac Asimov, se dio de bruces consigo misma. Escéptica contempló a aquella muchacha de ojos amarillos, cabello castaño y rebelde y cuatro pulseras, dos en cada brazo, que a su vez le devolvió una mirada de ¿qué haces aquí? Contrario a otros autores que también se reconocieron y explotaron comercialmente ese autoreconocimiento; o de otros que se anticipaban sin saberlo, como sería el caso de Guillermo Fadanelli, Regina se avocó a asimilar el discurso para posteriormente cuestionarlo, autopsiarlo, reciclarlo y, al fin, adaptarlo a la voz de “una morra fronteriza”, con lo cual hizo de él un sello personal a través del cual se explicó y explicó a toda una generación; una generación de sobredotados- subempleados: “Curiosamente, el enfrentamiento generacional se sigue dando en los noventa, aunque ahora es al revés: son los padres los que no soportan a sus engendros, quienes se rasgan las vestiduras y se preguntan qué han hecho para merecer esto (…)” (“GeneraXiones”, Ensayos de juguete, CONACULTA, ICBS, 1999, p. 56).
En efecto, el clamor de Regina Swain no es el de la hija rebelde, característico de las autoras de los sesentas y setentas, sino el de la hija que busca identificarse con una madre que no necesariamente tiene que ser la biológica: es una niña que juega a ser escritora como otras juegan a ser mamás. Pero esta escritora es, hay que decirlo, una niña genio, una lectora precoz de esas que en quinto de primaria se trepan a la casita en la copa del árbol para alternar a Louisa May Alcott con Xaviera Hollander, hecha de un puñado de cacahuates sin ser molestada por lo inconveniente de sus lecturas o de exponerse a la gordura. Su escritura es una sorprendente amalgama de cómic, cuento de hadas y existencialismo sartreano. En su discurso convergen la niña inocente y la adulta experimentada, aunque a menudo la primera se impone a la segunda.
La inocencia, sin embargo, no está reñida con el genio, al contrario, permite una óptima sintonía con la imaginación: vislumbrar el ridículo que yace en toda tragedia y desconocer el significado, y en consecuencia la práctica, de la palabra “solemnidad”, lo que hace posible que la expresividad se abra paso por entre los terrores nocturnos de todo escritor adulto. Inicia entonces la letanía de preguntas, algo propio de toda niña curiosa: “¿Qué es la literatura sino una manera inteligente de llorar, una forma muy particular de irse a la guerrilla cotidiana y defender el honor? (…) ¿Qué es un libro sino una mañana, un desvelo, una cruda inagotable que pide cervezas, palabras, cervezas, un recuerdo canijo que no deja de jalarnos el cabello, que no deja respirar e insiste en removernos las entrañas? ¿Entonces un libro es como un amor? A veces, casi siempre, un libro es como el único, el verdadero amor.” (“De muéganos, dulces y papas”, Ensayos de juguete, p. 32).
Nacida en Monterrey, Nuevo León, en 1967, Regina ha pasado la mayor parte de su vida en territorio bajacaliforniano, entre Tijuana y Ensenada, aunque actualmente vive en Florida, Estados Unidos, con su esposo e hijos. Tiene en su haber un libro de cuentos titulado La señorita Supermán y otras danzas, que la hizo acreedora al Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991), un libro de ensayos, Ensayos de juguete, también distinguido con el Premio Estatal de Literatura 1998 y una novela, Nadie, ni siquiera la lluvia (Planeta, 1995). Textos de su autoría figuran en diversas antologías y su obra ha sido traducida principalmente al inglés. Ejerció durante mucho tiempo el periodismo cultural, aunque ella misma describió la traumática experiencia de ser asignada de pronto a la Nota Roja donde su hipersensibilidad debió verse severamente afectada. Solo su novela refleja algún atisbo de lo que pudo haber sido aquel trance.
La niña creció, se volvió adulta, adulta de verdad quiero decir, no solo en apariencia, adquirió la noción de responsabilidad y vio que la escritura no era compatible con la crianza de sus hijos, no para ella. Con la adultez llegó el silencio y la niña dejó de jugar. Aunque al momento de escribir los textos que conforman Ensayos de juguete no preveía la posibilidad de ser madre, mucho menos de abandonar la escritura, Regina plasma esta frase que invita a buscarla entre sus líneas en caso de que decida abandonar el cuarto de juegos: “(…) Como Hansel y Gretel, dejamos un rastro de migas literarias para no perdernos, y para que quien se interese en conocernos encuentre el camino hacia nosotros fácilmente.” (“La autora y la cursilería postmoderna”, Ensayos, p. 22). En ese sentido, Regina Swain no es un misterio: quien quiera puede localizarla en sus ensayos, piezas del rompecabezas de la niña que, como Sylvia Plath, juega a ser Dios: “La relación del autor con su obra es una relación simbiótica: cada uno crea al otro. Fuera de cualquier religión establecida, detengámonos un momento para revisar la relación de Dios con sus criaturas: él nos crea a medida que nosotros lo creamos (…) Dios nos crea para que podamos reconocer su existencia.” (“Hugo Salcedo a Telón abierto”, p. 28).
La ingenuidad como ausencia de malicia (y me refiero no a malicia literaria, sino a malicia respecto al lector) impide a la autora escudarse tras su discurso, antes bien, está allí, omnipresente. Es, en efecto, dios de su propia creación. No le preocupa que se sepa que es del sexo femenino, que es muy joven, que se llama Regina, que acude al estilista para que le realice cortes raros, asimétricos; que sueña con el amor, que admira a Nancy Drew, que escucha una cinta de Aute mientras escribe, que no tiene dinero y que su abuelo le obsequió de niña un libro de mitología griega. Lo que de veras importa, en todo caso, es la claridad de su pensamiento, la pureza de sus convicciones, la legitimidad de su obsesión. La escritura de Regina brilla con la intensidad de lo nuevo, de lo recién horneado, de lo recién nacido, de lo no corrompido por teorías academicistas, aunque no es posible conservar tan preciado bien por demasiado tiempo: “A falta de conocimiento académico, me he formado un concepto bastante absurdo, empírico y lunático de la literatura. Un concepto que tiene que ver con cuentos de hadas, rondas infantiles y mitologías fantásticas (…) Durante el transcurso de su vida literaria, cada escritor incorpora ingredientes personales a su forma de hacer literatura: le pinta el cabello de su color favorito, le tatúa los tobillos y le perfora la nariz o las orejas con un aparato que se asemeja bastante a una engrapadora. Esto brinda un carácter particular a la forma de cada proyecto literario, pero no modifica su naturaleza: la literatura, como Dios, es una, sola e indivisible (…)” (“Este rollo del lenguaje”, Ensayos…, p. 17).
Sirva lo anterior para aprehender la esencia de la narrativa de Regina Swain… de la intencionalidad de su narrativa también: para ella, más que un arte, la literatura es un diálogo de carácter íntimo y personal con un lector-amigo; el lector que corresponderá a su guiño con otro. Un precioso medio de comunicación. Y no es que Regina carezca de complejidad, es solo que no le interesa la impenetrabilidad y su sincero anhelo es que su luz fulgure sin cegar: “Lloró tanto que sus lágrimas hicieron un riachuelo que se fue filtrando mundo abajo hasta acumularse en un río impresionante que se llamó AMA-ZONAS, en honor al mapa fabuloso de la anatomía de Homobono (…) Calafia no murió de vieja, sino de joven, porque las juventudes sin amor no sobreviven.” (“De cómo se creó el río Amazonas (o ¡ay Calafia, no te rajes!, La señorita Supermán y otras danzas, Fondo Editorial de Baja California, 2001, p. 46).
La frontera literaria de Regina Swain, valga la redundancia, no tiene fronteras: “La Frontera sigue siendo la misma: Zona Libre desde que era una pequeña isla llamada California” (“El diablo también baila en el Aloha”, La señorita Supermán, p.14). Al menos la Regina-niña tardía de principios de los 90, y salvo, acaso, en el cuento que da título a este libro, no presenta una visión trágica de la frontera geopolítica. Para la autora, la bandera gringa solo significa un barrito en la cara de la luna. La frontera poco tiene que ver con murallas, con racismo, con vecindad forzada. Las fronteras son, para Regina, metáfora de la vulnerabilidad de un Imperio. Una frontera no impide que una matanza en Tlatelolco cimbre a la sociedad estadounidense, o que una guerra en Vietnam haga llorar a millones de mexicanos. La historia pulveriza las fronteras y abarca en un abrazo a su aldea global. El discurso mismo de Regina es ecléctico, es decir, fronterizo pero impregnado de una visión totalizadora y es en ese sentido que, más que escritora fronteriza, Regina Swain es una escritora postmoderna: “-Pero, ¿y las sopas instantáneas, madre, y las carreras de perro para conseguir trabajo? ¿Y las idas a la penitenciaria para recavar información? ¿Dónde meto todo esto? ¿Dónde lo coloco? ¿Con los osos de peluche?, ¿entre mis sábanas blancas? (…) ¿Dónde guardo a las prostitutas de la Zona, mamá? ¿Dónde pongo tus angustias? ¿Dónde el miedo a no ser suficientemente buena, suficientemente seria, alta, flaca, bella, fuerte, brava o experimentada?” (“La señorita Supermán y la generación de las sopas instantáneas”, p. 39).
La única novela de Regina, Nadie, ni siquiera la lluvia (el título es un verso de e.e cummings), narrada con la misma prístina intención, alberga, sin embargo, una trágica historia de amor entre dos adolescentes de Ensenada… porque el descubrimiento sexual, en una sociedad como la nuestra, no representa la conquista del propio cuerpo y del cuerpo amado, mutua conquista de almas, sino la irremediable pérdida de la inocencia y, como en este caso, el principio de la muerte. Pero ni Gabriela ni Alejandro dejan de ser niños tras la exploración del deseo, al contrario, el amor se transforma en juguete tóxico que los aparta de una mayoría de muchachos aburridos y desilusionados: “En Ensenada los muchachos fuman mariguana desde muy chicos. Es que no hay nada más que hacer: discotecas, discotecas, y más discotecas. Todos tenemos credenciales falsas para entrar en los bares. Hasta los muchachos empezamos a tomar desde muy chicas. Pero hay tantas embarazadas. Es la combinación perfecta: un carro, la playa de noche y tres cervezas encima.” Según el crítico tijuanense Humberto Félix Berumen, se trata de una novela importante ya que nos coloca frente a una narradora ampliamente dotada, aunque no alcanza a delinearse del todo. Definitivamente, y según pudimos comprobar, la Regina juguetona está ausente, no obstante que la Regina niña sigue llevando las riendas de la escritura. Hay calidad pero el


